Volver al ruedo

Volver al ruedo

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
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Aunque no lo crean, y su semejanza no sea tan evidente, los divorciados y los enfermos tenemos muchas cosas en común. Ambos grupos despertamos miradas de lástima y condescendencia al entrar a un lugar lleno de gente conocida, nos vemos obligados a contar la historia completa más veces de las que quisiéramos y somos víctimas de los remedios caseros de aquellas personas que se preocupan y quieren hacernos sentir mejor. Cualquier cosa por vernos bien otra vez. Y es entonces en este punto cuando volvemos a ser diferentes, enfermos y divorciados. Porque mientras el remedio para el enfermo puede pasar de bebedizos hechos de plantas exóticas hasta hilos de colores que cuelgan de alguna extremidad, el remedio del divorciado no puede tomarse de un trago sin respirar y requiere más que la intención de mejorarse: VOLVER AL RUEDO.

Resulta bastante complicado—en una ciudad como la mía, con una familia como la mía y unos amigos como los míos—explicar que no, que no estoy tan triste como creen, que por el contrario, ha sido bueno aprender a mercar para uno y me tiene sin cuidado mi inactividad en whatsapp.

Pero como “no hay mejor remedio que la compañía” y “no deberías envejecer sola”, por arte de magia resulta que todos tienen un “partidazo” bajo la manga. “¿Te acordás de Memo Correa? , el que estudió conmigo en la universidad. Pues resulta que anda soltero desde que lo conociste en 1997 y, no sé, rico que salieran y se reencontraran” salta a la conversación luego de un sorbo de ginebra en la barra de un bar con una amiga de toda la vida. “Mijita, ¿vos te acordás del hijo de Martica Martínez?, el que era como medio retrasado mental cuando estaban chiquitos. Es que resultó que no era retrasado nada, estuvo viviendo en Canadá, acaba de volver y te lee en Twitter. ¡Ay, tan bueno que pudieran salir!” aparece como sobremesa en un almuerzo familiar un domingo.

Porque sucede que los divorciados, además de pertenecer nuevamente al grupo de “solteros”, pertenecemos a un subgrupo reducido y para nada exclusivo, el de los “usados”. Entonces no tenemos derecho a salir con un soltero clase A—joven, exitoso, filántropo, millonario, amante de los perros, guapo nivel Jared Leto y jamás casado- sino que como castigo por el fracaso matrimonial, debemos conformarnos con solteros clase B—los demás divorciados, solterones, locos medicados, edipos, cabrones y gays no declarados-. No me hagan hablar de los solteros clase C.

Y es entonces cuando arranca esta carrera de desastres, cada uno peor que el anterior, en la que pareciera que uno no es más que un personaje protagonizado por Drew Barrimore en la Chick Flick más absurda de la historia.

Como la vez que decidí salir con el primo de la amiga de una amiga mía, porque era una salida grupal y me aseguraron que el tipo era guapo de barba y pelo largo. El personaje sí resultó ser barbado y de pelo largo—idéntico a Juan Tamariz—y profesión parapsicólogo, que se pasó toda la noche explicándome al oído por qué podía sentir la presencia de mi abuela con nosotros en el bar. O cuando salí en cita a ciegas con un compañero nuevo de oficina de un amigo, que olvidó convenientemente su billetera a la hora de pagar la cuenta y luego pretendía subir a mi apartamento. Al día siguiente, cuando fui a recoger a mi amigo para almorzar y ya toda su oficina sabía del asunto, el personaje se me acerca, me pide un abrazo y remata con un “shhhh…me drenaste”. Y cómo olvidar a F.W, quien se me acercó en un bar, me pidió el teléfono y desde ese instante no paró de hablarme por chat, SMS, teléfono, voicenote hasta que un mes después puso una foto en Instagram. De su hijo recién nacido. Con su esposa. Detallitos pequeños que había olvidado contarme. Por ello, el 15 de febrero siempre será recordado como “el día que cumple años el hijo negado y el día que aprendí a bloquear gente por whatsapp”.

Nadie debería ser obligado a volver al ruedo. Porque como los toros, de ahí se sale muerto o indultado y, en cualquiera de los dos casos, lo último que uno espera es volver. Es mucho más probable que cuando uno menos lo espere, en el momento más inesperado, reciba un mensaje directo en Twitter de la persona que probablemente reviva las ganas de volver a torear. Y olé!

Publicado en http://www.bacanika.com.co @bacanika

http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-3

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

Por Verónica Orozco @verozco

El destino, el llamado, la vocación, “el plan que mi dios tenía para usté”. Elegir qué hacer con la vida es una de las decisiones más importantes que tenemos que tomar -junto con tener o no hijos y comer carbohidratos después de las 4 pm- y sin embargo, son muchas más las veces que lo decidimos sin pensarlo tan bien -al igual que con los hijos o con la hamburguesa a las 3 am-. Mi elección vocacional la tomé en un minuto. Literalmente. Mientras hacía la fila para comprar el formulario de inscripción para estudiar Economía -esto por culpa de una materia con ese nombre dictada por la mejor profesora que tuve en mis 13 años de colegio-, pensé: ¿Y si mejor Derecho? Y compré el formulario. Aquello a lo que iba a dedicarme por el resto de la vida me tomó un minuto decidirlo. Qué tal que la señora de la taquilla de formularios me hubiera visto escogiendo un plato en un restaurante.

Sin haber cumplido siquiera 18 años decidí que por el resto de mi vida quería ser abogada. Demasiado Ally McBeal terminó por joderme la cabeza y mi sueño era llegar a los juzgados de tacones puntudos y sastre de falda, cargando un maletín lleno de papeles con ponencias ganadoras que sacarían vencedores a mis clientes siempre.

Empezó entonces la vida real. Cinco años de clase de 6 am todos los días -sin excepción-, lecturas eternas de libros que pesan más que uno, exámenes orales, sobredosis de tinto, cigarrillos de 50 pesos y noches enteras dedicadas a analizar casos hipotéticos llenos de variables. Esto sin mencionar que los juzgados colombianos no se parecen EN NADA a los juzgados de televisión, ni tampoco los jueces, ni los colegas, ni la aplicación de la ley, ni nada.

Terminé por convencerme de que eso era lo que quería hacer por el resto de mi vida a pesar de que, muy en el fondo, no me sentía tan segura. Probablemente era más fuerte la voz de mi mamá comentando lo feliz que debía estar mi abuelo notario en el cielo viendo que por fin uno de sus nietos decidió continuar su legado. O le presté más atención a la voz de mi papá quien, en una conversación aguardientosa con mi hermano mayor, manifestó sentirse más orgulloso de mí que del resto por haber estudiado lo que él siempre quiso estudiar.

Acabé las materias, presenté los exámenes preparatorios e hice la tesis. Y me gradúe y me entregaron mi tarjeta profesional y conseguí un trabajo como abogada. Y empecé a ir a los juzgados pero de zapatos bajitos porque me tocaba llegar en bus y sin sastre de falda. Y mi cliente era un banco que debía quitarle la casa a esas personas que el UPAC derrotó. Y nada se sentía bien. Nada. Pero esto fue lo que estudié. Yo tuve la opción de escoger otra carrera pero escogí esta. Este es el fin del cuento que yo empecé al comprar un formulario en la universidad a los 17. Y así viví por más de diez años asumiendo la responsabilidad de mi elección por encima de la felicidad del corazón. Convencida de no saber hacer otra cosa para ganarme la vida y rebajando al nivel de “hobbies” labores deliciosas que me llenaban el alma, como escribir.

Y fue luego de decidir divorciarme -lo más difícil que he tenido que hacer hasta ahora- que entendí que la vida no está escrita. No hay un plan maestro en el cielo que dicta lo que tenemos que hacer, el plan maestro está en nosotros y lo hacemos a diario. Me levanté un día, comprendí la infelicidad que me daba el trabajo de abogada que tenía y entendí que ese sentimiento de desasosiego que me invadía todas las mañanas antes de salir para la oficina era probablemente uno de los factores determinantes del final de mi matrimonio. Y del desperdicio de muchas otras oportunidades. Entonces escogí mi felicidad por encima de mi obligación. Y le agradecí al Derecho todo lo que me había dado por tantos años y nos despedimos para que yo pudiera empezar a escribir una nueva historia, en la que a los treintaypunta años me siento como escogiendo otra vez el formulario de admisión en la universidad, pero con la diferencia de que ya no soy una niña. Y sabiendo que puedo cambiar el final de mi historia las veces que quiera.

Publicado en http://www.octomagazine.com http://www.octomagazine.com/edicion/9/pagina/91 @octomagazine