La Casa

La Casa

Por Veronica Orozco @verozco

01/02/2014

(Suena “For No One” de The Beatles)

Aprender a caminar viene con la inexorable consecuencia de darnos golpes contra todo. Golpes dolorosos. A veces tontos, a veces no tanto. Y cuando al golpe se suma el llanto siempre hay un adulto cercano que tiene la tarea de darle su merecido al culpable. “¡Mesa mala! ¡No le pegue a la niña!”, dicen mientras le dan palmadas a una esquina de la inocente mesa mientras uno la mira con ojos brillantes, esos que quedan después de lograr una venganza.

Luego de pasarnos la infancia creyendo en los pensamientos diabólicos de cosas que, al parecer, lo único que quieren es lastimarnos, la adultez nos obliga a deshumanizarlas, a entender que no tienen terminaciones nerviosas ni se reúnen a planear cómo asesinarnos. Que son cosas y las cosas NO SIENTEN. Esa es la parte más importante de todo: no sienten.

Entonces, ¿por qué ahora que me despido de la casa que hice y que compartí por años con quien pensé sería mi compañero para el resto de la vida siento que, así como yo, la casa también se está muriendo de tristeza? ¿Por qué siento que las paredes me dan miradas de indignación pero con algo de empatía? ¿Por qué veo a las puertas y a las ventanas llorar?

Es que hay vainas que le pasan a otros pero no a uno. Hay gente que parece que tuviera un matrimonio perfecto y luego resulta que era de la puerta para afuera. Pero eso no le pasa a uno. También hay parejas que se casan con el acuerdo de tener hijos y después de un tiempo uno de los dos decide romper el acuerdo y separarse. Pero es que esa es gente que no está bien de la cabeza y, obvio, ese no es mi caso.

Es bastante aterrador volverse la protagonista de una tragedia que con seguridad le esperaba a M y P, pero nunca a nosotros, porque esas cosas le pasan a otros y no a uno. Es devastador abrir los ojos una mañana, en la casa que compraron sobre planos y vieron nacer, que los ve dormir hace ya más de tres años y entender que se acabó. Ver la mitad derecha de un vestier vacía, contemplar la biblioteca que servía de hangar de las naves de Star Wars de Lego y ahora lo único que tiene son libros. Quita el aliento y llena los ojos de lágrimas.

Esto no tenía que pasarnos a nosotros. Nosotros teníamos que vivir en el 602 de Forte Zúñiga hasta que pudiéramos comprar una casa más grande; nosotros seguiríamos haciendo fiestas privadas de tequila y Kiss en hoteles lujosos y todas las vacaciones viajaríamos a un lugar distinto, solos, porque nadie pasea tan rico en pareja como nosotros dos.

¿Cómo es que la pareja perfecta, que empezó como mejores amigos y peleó contra todos los que se vinieron encima cuando decidieron estar juntos, está pensando en divorciarse? Es que no tiene sentido. Más rápido termina el matrimonio reciente de L y L que el nuestro.

Pero resulta que no. Que ahora somos “los otros”. Somos P y V, la pareja más linda de Facebook que al final no lo era tanto. Los que tienen que repetir incontables veces que no, que no nos odiamos, que por el contrario nos amamos tanto que debemos dejarnos ir para que el otro busque lo que anhela y sea feliz. Quienes ya no van a vivir en la casa que compraron cuando llevaban seis meses de novios porque también la tienen que dejar ir.

Entonces hoy, cuando me despido de la casa que estrenamos juntos y de la que él se fue el 1 de diciembre, dejando las llaves con el llavero del storm trooper pegadas en el imán de la entrada, es cuando entiendo que siempre fuimos “esos a los que sí les pasa”. Que la teoría de “ser los mejores amigos antes asegura un matrimonio eterno” no funciona para todo el mundo y que nosotros somos el ejemplo. No pudimos. Y es por ser tan buenos amigos y amarnos tanto que decidimos pasar nuestro primer diciembre separados para permitir que el otro buscara la felicidad. Esa felicidad que ya no nos estábamos dando.

Pienso, mientras estoy acostada en el suelo de la que fue nuestra sala y ahora está vacía, que tenía que ser así. Que nuestra vida juntos era temporal. Y que ni la bendición del cura peruano en el altar de una ermita en Llanogrande mientras sonaba el himno de Top Gun y estallaban 300 voladores pudo servir de amuleto contra la separación de los caminos.

Recuerdo en medio del llanto, mientras me paro en nuestra cocina blanca que ya no tiene nada, ese último viernes antes de que saliera de esta casa. Estar sentados en un sofá que ya no existe, abrazados, llorando, agradeciéndonos. Pidiéndonos perdón. Perdonándonos.

Y fue ahí, en la casa. La casa nuestra. De la que me voy yo ahora porque así como él, también necesito dejar esto atrás. Los cinco años más bonitos de mi vida. Los tres años larguitos más importantes de mis casi 33, viviendo en la casa que construimos juntos, en todos los sentidos. Una casa que por última vez me recibe las lágrimas. Y que llora conmigo. Y me abraza. Y me dice que nosotros siempre estaremos ahí, en esas paredes blancas y esas escaleras de madera. Que ella somos nosotros. Los nosotros que llegaron queriendo pasar el resto de su vida juntos en unas paredes que formaban ese hogar que apenas nacía. No los nosotros que se van ahora buscando pasar el resto de sus vidas separados.

Y vuelvo entonces a sentirme como de cuatro años, caminando con los tacones de mi mamá, tropezando con un tapete, reventándome el labio superior y llorando descontroladamente. Me siento adolorida, triste, aporreada, avergonzada y con mucha putería. Al parecer es la casa la que me lastima ahora. Lloro sin descanso en el suelo de madera en un cuarto de unos esposos que ya no existen y le digo mientras golpeo la pared “¡Casa mala! ¡No haga llorar a la niña!”.

Publicado en Bacánika.com.co @bacanika http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-1

The House

The House

By Veronica Orozco @verozco

Translated by Juliana Achury (Craftisan Translations LLC) juliana.achury@gmail.com

(Background music: “For No One” – The Beatles)

Learning how to walk comes with the unavoidable consequence of bumping into everything. Painful bruises. Sometimes small, sometimes not so much. And when you add crying to the blow there is always an adult nearby that has the task to punish the cause of your pain. “Bad table! Don’t you hurt the girl!,” they say while spanking the corner of the innocent table while your eyes shine staring at the scene, the kind of glance you get when vengeance has taken place.

After spending our childhood believing in the diabolical thoughts of things that seemed like they wanted to hurt us, adulthood dehumanizes them and makes us understand that objects do not have nervous endings, nor do they get together to plan how to kill us. We understand that things are things and DO NOT HAVE FEELINGS. That’s the key part: they don’t feel.

So, why now, when saying goodbye to the house I built and shared for years with whom I thought was going to be my companion for the rest of my life do I feel like the house, like myself, is dying of sadness? Why do I feel that the walls look at me with outrage but also with some empathy? Why do I see doors and windows crying?

There are things that happen to others but not to you. There are people that seem to be in a perfect marriage, but then you found out that it was perfect just on the outside. But that wouldn’t happen to you. There are also couples that wed agreeing on kids and after a while one party breaks the deal and they separate. But those people are not in their rights minds, and obviously, that’s not my case.

It is terrifyingly enough to become the leading role in a tragedy that might seem likely to happen to M and P, but not to us, because those things happen to other people. Not to us. It is devastating to open one’s eyes one morning – inside of the house that you bought on the blueprint and witnessed being born, a house that has seen you sleep for over three years – and understand that it’s all over. Stare at half of an empty closet, the space left on the book shelves from what was some Legos and Star Wars ships and now has just books. It makes it harder to breath and makes you tear up.

This wasn’t supposed to happen to us. We had to live in 602 Forte Zúñiga until we could buy a bigger house; we kept throwing private parties of tequila and Kiss in hotels, we travel to different places on each one of our vacations; no one has a better time together than we do.

So, how is it that the perfect couple, the one that was best friends before dating and stood up to everyone who fought them when they decided to be together is now thinking about divorce? It doesn’t make sense. The recent marriage of L and L will end sooner than ours.

But, that’s not the case. Right now we are “the other people.” We are P and V, the cutest couple on Facebook, one that wasn’t that cute after all. We are the ones that have to say over and over again that we do not hate each other, that, on the contrary, we love each other so much that we had to let go of one another so we can each find what we aspire for and what makes us happy. We are the ones not living in the house we bought after just six months of dating because we also have to let this house go.

So today, when I say goodbye to the house we opened up together, to the house he left on December 1st –leaving his keys, with the storm trooper key holder, attached to the magnet in the hallway – I understand that we always were the people “to whom these type of things happen.” I see that the theory of “best friends before dating ensures an everlasting marriage” is not true for everyone; we are the example. We didn’t make it. And it is because of our great friendship and great love that we decided to spend our first December apart letting the other look for happiness. The happiness we weren’t giving to each other anymore.

I think, while I lie on the empty floor of what was our living room that this is how it was supposed to be. That our life together was temporary. That not even the blessing of the Peruvian priest on the altar of a chapel in Llanogrande – with Top Gun music on in the background plus 300 bottle rockets – wasn’t enough of a lucky charm to prevent us from taking different paths.

I am remembering, crying and standing in our white kitchen – now empty – the last Friday before he left this place. I remember being seated in a couch that is not here anymore, hugging, crying, and thanking each other. Asking for forgiveness. Forgiving.

And it was there, in the house. Our house. The house I’m leaving now as he already did, because I also need to leave this behind me. The prettiest five years of my life, the three most important years of my almost 33 years of age, living in the house we built together, in every way. A house that collects my tears for the last time. A house that is crying with me. Hugging me. Telling me that we will always be in here, in those white walls and woods staircases. A house that is us, the people who arrived wanting to spend the rest of our life together inside of the walls of what was a recently created home. Not us, the ones that are leaving spending the rest of our lives separated.

So I relive my childhood, when I was four, walking on my mom’s heels, tripping on a carpet, splitting my lip and crying uncontrollably. I feel hurt, sad, bruised, ashamed and very pissed. It seems that the house is the one hurting me right now. I cry relentlessly on top of a non-existent couple’s bedroom wood floor, and I say while I punch the wall, “Bad house! Don’t make the girl cry.”