Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

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Por el derecho a rendirse

Por el derecho a rendirse

Por Verónica Orozco A. @Verozco 

Estaba navegando por mi TL de Facebook y me encontré una imagen que me sentó a escribir. Era un meme de una mujer caminando de la mano con su hija, en el que la pequeña le pregunta: “Mamá, ¿qué es rendirse?”, a lo que su madre responde: “No sé hija, nosotras somos mujeres”.

Y me quedé pensando entonces en esa tonelada de peso que le acaba de pasar esa madre a su hija sin darse cuenta. “Está prohibido rendirse porque somos mujeres”. Qué frase tan atrevida y tan equivocada. ¡Si rendirse es un derecho! Que no esté regulado en la Constitución no le quita su esencia de tal.

No todas las historias terminan como lo teníamos planeado. La vida está llena de variables imprevisibles, que cambian los planes establecidos y juegan con nuestros cronogramas. Si decido que mi matrimonio no es lo que quiero o que el trabajo que tengo no me hace feliz, ¿estoy obligada a remar infinito porque no me puedo rendir? ¿Quién es usted, madre de meme, para decirme que por ser mujer (algo que no escogí), no tengo derecho a parar cuando me de la gana? Y según esa lógica, ¿está bien entonces que los hombres se rindan pero no que lo hagan las mujeres?

Soy una convencida del poder femenino, de lo inmensas que somos las mujeres y de la necesidad de seguir alzando nuestra voz para lograr un mundo justo y equitativo para todos. Y eso incluye mi derecho a rendirme, a renunciar cuando no quiero seguir, a dejar atrás lo que ya no me interesa. Nos enseñan desde niños la importancia de luchar, de persistir, de continuar. Pero nadie nos dice que también tenemos derecho a decir “ya no más” cuando sintamos que es el momento, a escucharnos a nosotros mismos, a conocernos lo suficiente como para saber cuando queremos parar.

Rendirse es una oportunidad para volver a empezar, para reivindicarnos con nosotros mismos, para cambiar de camino. A la mierda las frases de superación personal que nos cargan en lugar de liberarnos. La vida viene sin manuales, por eso podemos vivirla como nos de la gana. Y eso incluye rendirse las veces que sea necesario.

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 Foto: strenghtandconditioningeducation.com

Lo que me dejaron los 34

Lo que me dejaron los 34

Por Verónica Orozco A @verozco

Estoy a puertas de empezar mi año número 35 y es inevitable hacer un balance del 34 que está a punto de acabar. Este fue el primer año en el que me he sentido un verdadero adulto. He comenzado a asumir la responsabilidad de cada cosa que hago en mi vida y ¡MIERDA, SE SIENTE TAN BIEN! Soy responsable de mi creatividad, de mi sexualidad, de mis emputes. Todo pasa porque yo lo permito o no lo permito. Algo como el año de YO.

Este año me sirvió para confirmar que la maternidad no es algo que estará en mi vida y ya hice las paces con ello. Ya no me da ese miedo pequeñito que a ratos aparecía a mis 33, en forma de vocecita bajita, susurrando que probablemente estaba cometiendo un error. Y si el instinto maternal es cierto, me siento feliz de haberlo domado. Nunca me había sentido tan tranquila al imaginar mi vejez al lado del amor de mi vida en nuestra calmada soledad.

Los 34 fueron un buen año. Aprendí que me encanta el pelo crespo y que puedo tenerlo así con un poquito de esfuerzo, champú adecuado, espuma para volumen y pinzas calientes. Que la celulitis está ahí, que se puede hacer algo para tener menos pero que si aparece, no tengo que odiarme por eso. Aprendí que el metabolismo cambia y que una hamburguesa a las 3 am se nota en las piernas al otro día, pero que no me voy a aguantar las ganas si me la quiero comer. Aprendí que el ejercicio no es tan horrible y que las endorfinas que deja no son un cuento chino.

Con 34 años descubrí que cocino delicioso y que tengo sazón de matrona paisa. Que cocinar para alguien es llenar de amor la receta y así se llena el estómago y el alma. Que mis lentejas son como para montar un restaurante y que ya no me da asco coger un quesito o picar un pollo crudo. Conocí las maravillas de comer vegetales y me reconcilié para siempre con la ensalada.

Y ni hablemos del sexo. ¡Qué delicioso es el sexo a los 34! Atrás quedaron los complejos, la pena y la preocupación por el disfrute del otro. Este año por fin entendí la responsabilidad sobre mis propios orgasmos. Dejar de forzar gemidos y placeres es una maravilla. Conocer el cuerpo propio y disfrutarlo sola, adueñarme de todo lo que me pasa a mí. Aunque este año no pudo quitarme la vergüenza de que mi mamá hubiera encontrado un vibrador. Espero que esa pena se la lleven los 35.

Entendí que la necesidad de aceptación es como una droga y que las redes sociales funcionan como dealers. Dejé de sufrir por insultos de desconocidos y por primera vez me reí de verdad con uno de ellos. Es muy gratificante sentir que le estás dando a las cosas la importancia que se merecen.

Sí, los 34 fueron un gran año. Viajé, descansé, tiré, encontré un trabajo de ensueño, empecé a ver a mis papás con ojos más compasivos y me di permiso de decir “NO” todas las veces que quise. Parece que al fin estoy llegando a la adultez y no está para nada mal. ¡Qué lleguen con toda estos 35 que si así fue el desayuno, no me imagino cómo será el almuerzo! ¡Tas tas tas!

El amor de la vida

El amor de la vida

Por Verónica Orozco A. @verozco

Lo vi cruzar la calle. Desde que salió por la puerta hasta que llegó donde yo estaba. Era más alto de lo que me imaginaba y su corte de pelo todavía no era tendencia en Medellín. Tenía una camiseta negra y unos jeans oscuros. Y olía rico. “Se arregló para verme”, pensé.

Yo no había tenido tiempo de arreglarme. Verlo y olerlo me hizo consciente de mis uñas mal pintadas y de mis cejas sin arreglar. Hoy no era el día que habíamos planeado para conocernos en persona. Ese día fue hace dos meses y nunca pasó. Hoy era un día corriente para mí. Oficina, tedio, tráfico, casa. Salí a las 7 am, como todos los días, sin imaginar que recibiría un mensaje a las 2 pm que decía “Voy para Medellín y me gustaría saludarte”.

Mi primer instinto al recibir el mensaje fue: “¡NO! ¡¿CÓMO SE LE OCURRE?! Hoy estoy horrible, me voy a hacer el manicure cuando salga, me vine a trabajar con tacones de abuela y pues, a uno no le avisan estas cosas de un momento para otro. Además, como mínimo sabía hace dos días que venía, me hubiera podido avisar”. Pero después de un rato pensé: “Ay querida, dejá el drama. Ni que fuera el amor de tu vida”. Así que quedamos en vernos a las 6 pm. Yo pasaría por él al salir de mi oficina y nos tomaríamos algo por ahí.

Nunca había oído su voz. No le había dado la mano. Nuestra amistad se basaba en mensajes de texto, menciones en Twitter, DM, inbox y todas las formas de comunicación permitidas por las redes sociales. “¿Qué tal que le suden las manos?”, pensé. “Ahora me sale con voz agudita. Ja, ja. No, imposible. Ay no, ¿y si es marica? Pues, es que de las amistades virtuales se puede esperar cualquier cosa”

Cruzó la calle y se montó al carro. No se detuvo el tiempo ni sonó una canción de amor de fondo ni nada de lo que pasa en las películas cuando Cupido dispara. Siquiera, porque estas ya no son horas. Las monjas del colegio me dejaron muy claro que uno conoce al único hombre de su vida y se casa con él para siempre. Y, aunque jamás lo dije en voz alta y lo escondí detrás de mi discurso de mujer moderna, la idea de haber quemado mi único cartucho en el amor eterno me atormentaba todos los días.

Su conversación se sentía tímida al lado de mi atropello de palabras nerviosas. Es increíble la cantidad de pendejadas que se pueden decir en un minuto cuando uno está acelerado. Pero la comodidad nos pudo y se estabilizaron las cargas. Y conversamos sin parar por horas, interrumpidos solamente por nuestras propias carcajadas.

Qué fácil era hablar con él, qué paz me daba mirarlo a los ojos, qué felicidad sentía al hacerlo reír. Lástima que no se haya detenido el tiempo ni haya sonado una canción de amor ni nos hayamos casado esa primera y única vez que me enseñaron las monjas, porque hubiera sido linda la posibilidad de que fuera el amor de mi vida. De amores y desamores, de trabajos buenos e infelices, de los traumas del divorcio, de viajes soñados. Hablamos de todos los temas posibles sin ningún tipo de censura, acompañados de vino y cigarrillos. Qué rico es conocerte, por fin.

Volvimos al carro y lo llevé de vuelta. Mientras manejaba, acordamos repetirlo. “Cuando vayas a Miami, me avisas. Yo haré lo mismo cuando vuelva a Medellín”. Abrió la puerta para bajarse y me miró a los ojos. No dijimos nada, solo sonreímos. Entonces el tiempo se detuvo. Y empezó a sonar Can’t fight this feeling de R.E.O Speedwagon en la radio del carro.

yo

 

 

The love of your life

The love of your life

By Veronica Orozco @verozco

Translated by Juliana Achury (Craftisan Translations LLC) juliana.achury@gmail.com

I saw him crossing the street. I saw him coming out of his door and coming to where I was. He was taller than I expected and his haircut wasn’t even trendy yet in Medellín. He was wearing a black t-shirt and a pair of black denims. He smelled nice. “He primped himself up for me,” I thought.

I didn’t have the time to make myself pretty. When I saw him, and smelled his cologne, he was all put together and it made me self-conscious about my half-painted fingernails and my unthreaded eyebrows. Today wasn’t the day we were supposed to meet in person. That day was two months ago but it didn’t happen. Today was just a normal day. Office, work, traffic, home. As always, I left my house at 7am, not imagining that at 2pm I would get a message saying: “I’m coming to Medellín and would like to say hello.”

When I got the message my first instinct was: “NO WAY! HOW COULD HE THINK THAT?! I’m horrible, I need a manicure after work, I came to the office with my comfortable-old-lady heels and, well, you just can’t give such short notice. Besides, he knew he was coming at least two days ago, and he could have told me then.” But, after a while, I thought, “Darling, shush. It’s not like he’s the love of your life.” So we agreed to meet at 6pm. I would pick him up after work and we’d grab a drink somewhere in the area.

I had never heard his voice nor shook his hand. Our friendship was based on text messages, Twitter mentions, DMs, inbox emails and every possible social media. “What if he has sweaty hands?” I thought. “What if he has a squeaky voice? Ha, ha. No way. What if he’s gay? You can expect anything from online friendships.”

He crossed the street and hopped into the car. Time didn’t stand still, nor there was a love song playing in the background like when Cupid shoots an arrow in the movies. Thankfully, this was not the right time for it anyway. Nuns in my school clearly stated that you meet the man of your life and marry him forever. And, even if I didn’t say it out loud and hid it behind my modern woman speech, the idea of having already used my only chance at eternal love haunted me on daily basis.

His conversation seemed shy compared to my non-stop mouthful of nervous words. It is amazing how much nonsense you can say per minute when you’re anxious. But after a while we settled into a comfortable state and our energies stabilized. We talked for hours, interrupted only by our own loud laughter.

It was so easy talking to him. Looking him in the eye gave me peace of mind. Making him laugh made me happy. Too bad time didn’t stand still, or a love song didn’t play, or I didn’t marry him on what the nuns said was my first and only chance at love. Too bad, otherwise there was a beautiful possibility that he was the love of my life. We talked about love and broken hearts, happy and miserable jobs, divorce traumas, dream travel destinations. Accompanied by cigarettes and wine, we talked about every possible subject without censorship. It’s so nice to finally meet you.

We went back to the car and I drove him back. While driving, we agreed on meeting again. “When you go to Miami, let me know. I’ll do the same if I come back.” He opened the door to step out and looked me in the eyes. We didn’t say a thing, just smiled. And then time did stand still. And Can’t Fight This Feeling by R.E.O Speedwagon started to play on the car radio.

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Lady in distress needs to be rescued by knight in a shining armor

Lady in distress needs to be rescued by knight in a shining armor

By Veronica Orozco @verozco

Translated by Juliana Achury (Craftisan Translations LLC) juliana.achury@gmail.com

I’m an independent woman and proud to be. Even if I like guys calling first, opening the car door for me and giving me their jackets when I’m cold, my feminist side took over my life since my divorce, and living alone has brought along some household tasks that used to be performed by the man of the house: clogged pipes, light bulb changes, broken door knobs, and bed and table assembling. I’ve done it all that by myself, with no Y-chromosomes to rely on.

However, even if I “freed” myself from male tyranny, I’ve never felt like such a lady in distress in need of a knight in a shining armor more than the first time I took my car to the mechanic.

In the past, I was never interested in anything else about my car but its appearance and the amount of gas in the tank. More than once my brain went Homer Simpson on me –projecting dancing, plus accordion playing cartoons from the 30s- while someone tried to explain me how a car engine works, or what happened when the bearings break. If the car made a strange sound I would pump up the volume. Oil always replaced itself on time, tires never got worn out, and the break’s tune-up or wheel alignment happened magically.

But I got divorced without considering such small details. And so the day when the car started behaving oddly arrived. All of a sudden it stopped responding as fast as it used to. It was always anxious, like it was pissed at me. Plus it started to smell weird, like burnt. So here I go, lady in distress without the knight in a shining armor, facing the dragon – the mechanic – by myself.

I’m sure lots of women were raised by their cautious fathers, dads who trained them in car mechanics, advanced soccer knowledge and hunting skills for both flying and creeping bugs. In my case, being the last of five siblings, with a father who is 50 years my senior, his only additional teaching efforts consisted in trying to make me love bullfighting the way he did –he took me when I was seven years old and I haven’t completely recovered from the experience but that’s another day’s entry – and singing the Milk Cow’s song – which now strikes me as contradictory to the bullfighting thing. In his repertoire of things to pass on to me there was never any bit on information that was about household things, because, once we no longer lived together, most likely I would have another man of the house to take care of them.

Entering the mechanic’s garage was like going to Menland. Absolute cliché. Hundreds of feet around you couldn’t see any women. Among the men in there, an intelligible gibberish is spoken – that’s where I learned the word “bearings” – shirts go untucked and are open all the way down to the belly button. I also saw some butt cracks. I saw all of it surrounded by cars broken apart, decorative engine grease and badly Darío Gómez’s music playing on the radio at a low volume.

Menland could be described as the Chavo’s neighborhood, but made out of mechanics. Several open mechanics garage’s doors face each other and a center yard, filled with car parts, is in the middle. There was no room for my car so I had to park it on the street and walk, carefully sliding my shoes through the greasy floor. As the unexpected visitor that I was, I got more looks than I’d have liked to and a compliment coming from an audacious guy embarrassed me. My quest ended at Freddy’s garage.

Fredy, the mechanic, my dragon, my nemesis, my nightmare, turned out to be as adorable as a basket full of Labrador puppies. A dark-skinned guy covered in grease, 5’11’’ of kindness, a huge smile and a heart as big as his belly. He listened patiently to the description of my car’s symptoms without a hint of laughter and he walked with me to it.

“That’s the clutch,” he said after taking a look at the car. “Happens to turbo engine cars; those 180 horse power make necessary to use the TCS –Traction Control System, as Google later explained – so the excessive torque is less hard on the wheels, shortening the life of the clutch.” “So, you mean the left foot pedal is broken”? I asked. “Exactly” tells me Fredy with a smile.

I said my goodbyes to Freddy while he told me the car it’s going to be ready the following day. I go across Menland to grab a cab, but I’m not embarrassed anymore. It’s a stupid step for humanity, a huge one for my independence. Once again I turned into my own knight in a shining armor.

Imagen: http://www.minifigurestore.com/heroic-knight/
Volver al ruedo

Volver al ruedo

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
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Aunque no lo crean, y su semejanza no sea tan evidente, los divorciados y los enfermos tenemos muchas cosas en común. Ambos grupos despertamos miradas de lástima y condescendencia al entrar a un lugar lleno de gente conocida, nos vemos obligados a contar la historia completa más veces de las que quisiéramos y somos víctimas de los remedios caseros de aquellas personas que se preocupan y quieren hacernos sentir mejor. Cualquier cosa por vernos bien otra vez. Y es entonces en este punto cuando volvemos a ser diferentes, enfermos y divorciados. Porque mientras el remedio para el enfermo puede pasar de bebedizos hechos de plantas exóticas hasta hilos de colores que cuelgan de alguna extremidad, el remedio del divorciado no puede tomarse de un trago sin respirar y requiere más que la intención de mejorarse: VOLVER AL RUEDO.

Resulta bastante complicado—en una ciudad como la mía, con una familia como la mía y unos amigos como los míos—explicar que no, que no estoy tan triste como creen, que por el contrario, ha sido bueno aprender a mercar para uno y me tiene sin cuidado mi inactividad en whatsapp.

Pero como “no hay mejor remedio que la compañía” y “no deberías envejecer sola”, por arte de magia resulta que todos tienen un “partidazo” bajo la manga. “¿Te acordás de Memo Correa? , el que estudió conmigo en la universidad. Pues resulta que anda soltero desde que lo conociste en 1997 y, no sé, rico que salieran y se reencontraran” salta a la conversación luego de un sorbo de ginebra en la barra de un bar con una amiga de toda la vida. “Mijita, ¿vos te acordás del hijo de Martica Martínez?, el que era como medio retrasado mental cuando estaban chiquitos. Es que resultó que no era retrasado nada, estuvo viviendo en Canadá, acaba de volver y te lee en Twitter. ¡Ay, tan bueno que pudieran salir!” aparece como sobremesa en un almuerzo familiar un domingo.

Porque sucede que los divorciados, además de pertenecer nuevamente al grupo de “solteros”, pertenecemos a un subgrupo reducido y para nada exclusivo, el de los “usados”. Entonces no tenemos derecho a salir con un soltero clase A—joven, exitoso, filántropo, millonario, amante de los perros, guapo nivel Jared Leto y jamás casado- sino que como castigo por el fracaso matrimonial, debemos conformarnos con solteros clase B—los demás divorciados, solterones, locos medicados, edipos, cabrones y gays no declarados-. No me hagan hablar de los solteros clase C.

Y es entonces cuando arranca esta carrera de desastres, cada uno peor que el anterior, en la que pareciera que uno no es más que un personaje protagonizado por Drew Barrimore en la Chick Flick más absurda de la historia.

Como la vez que decidí salir con el primo de la amiga de una amiga mía, porque era una salida grupal y me aseguraron que el tipo era guapo de barba y pelo largo. El personaje sí resultó ser barbado y de pelo largo—idéntico a Juan Tamariz—y profesión parapsicólogo, que se pasó toda la noche explicándome al oído por qué podía sentir la presencia de mi abuela con nosotros en el bar. O cuando salí en cita a ciegas con un compañero nuevo de oficina de un amigo, que olvidó convenientemente su billetera a la hora de pagar la cuenta y luego pretendía subir a mi apartamento. Al día siguiente, cuando fui a recoger a mi amigo para almorzar y ya toda su oficina sabía del asunto, el personaje se me acerca, me pide un abrazo y remata con un “shhhh…me drenaste”. Y cómo olvidar a F.W, quien se me acercó en un bar, me pidió el teléfono y desde ese instante no paró de hablarme por chat, SMS, teléfono, voicenote hasta que un mes después puso una foto en Instagram. De su hijo recién nacido. Con su esposa. Detallitos pequeños que había olvidado contarme. Por ello, el 15 de febrero siempre será recordado como “el día que cumple años el hijo negado y el día que aprendí a bloquear gente por whatsapp”.

Nadie debería ser obligado a volver al ruedo. Porque como los toros, de ahí se sale muerto o indultado y, en cualquiera de los dos casos, lo último que uno espera es volver. Es mucho más probable que cuando uno menos lo espere, en el momento más inesperado, reciba un mensaje directo en Twitter de la persona que probablemente reviva las ganas de volver a torear. Y olé!

Publicado en http://www.bacanika.com.co @bacanika

http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-3

Get back on the saddle, kid!

Get back on the saddle, kid!

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/

By Veronica Orozco @verozco

Translated by Juliana Achury (Craftisan Translations LLC) juliana.achury@gmail.com

Even if you don’t believe it, and if the resemblance is not striking at first, divorced and sick people have a lot of things in common. We equally raise condescending and pitiful looks when entering a room full of acquaintances. We both have to tell the whole story over and over again, more times than we’d like to, and we are also victims of homemade remedies suggested by people who love us and want to make us feel better. They’ll do anything to get us back on our feet. But it is right there where divorced and sick part ways: while homemade cures for sickness range from exotic plant-based concoctions to colorful threads tied to limbs, remedies for divorce take more than a quick sip of the concoction – do not breath while swallowing please – and much more than the will to get better: YOUR WILL TO GET BACK ON THE SADDLE.

In a city, with a family, and with friends like mine, it’s very complex to explain that I’m not as sad as they believe. That, on the contrary, it’s been good learning experience to go grocery shopping just for myself, and that I couldn’t care less about my Whatsapp inactivity. But since “there’s no better remedy than company” and “you shouldn’t age alone,” is almost magical how it seems everyone has a “catch” to introduce me to, their ace under the sleeve: “Remember Memo Correa, my friend from college? Well, he’s been single since 1997, when you met him, and, I don’t know, wouldn’t it be nice if you guys went out and reconnect” – says a long time friend after just one sip of gin at a bar. “Honey, remember Martica Martinez’s son, the one that was suspected to be mentally challenged when you guys were little? Well, it turns out he wasn’t slow after all, he lived in Canada, just came back and he reads your tweets. Wouldn’t it be great if the two of you go out?” – is what I hear after a lunch with my family on a Sunday. Because another thing about divorced people is that, besides carrying the single label again, we also belong to the reduced and not very exclusive sub-group of the second-hand market. So we have no business dating Class A men – never-married, young, successful, philanthropic, dog-loving, Jared Leto lookalikes – instead, and as a punishment for our failed marriage, we have to settle for Class B men – other divorcees, male spinsters, medicated wackos, oedipians, closeted gays, and assholes. And then there’s also the Class C single men, but don’t make me go there.

Each guy is worse than the last one and, like in it the most absurd chick flick ever, where Drew Barrymore plays you, a chain reaction of disasters start to happen. Like the time I agreed to meet my friend’s cousin because we were all going out as a groups and I was told he was good looking, had long hair and a beard. He, indeed, had long hair and a beard – but in a Juan Tamariz kinda’ way –http://en.wikipedia.org/wiki/Juan_Tamariz– and he was a parapsychologist, so he, throughout the entirety of the evening, whispered in my ear that he could feel my dead grandma’s presence at the bar. Or that time when I went on a blind date with the new guy at my friend’s office, who conveniently told me he forgot his wallet at home when the bill came. He also wanted to come up to my place after dinner. The next day, when I went to pick up my friend at his office to get some lunch, everyone knew about our date. Nonetheless, the guy came and asked for a hug which he finished saying a “shhh… you drained me.” Not to forget about F.W., who came to me at a bar, asked me for my number and talk to me on the chat, sent me text messages, called and voice noted me non-stop. A month later was when he posted on Instagram a picture of his newly born son. His wife was also in it. Just a few small details he forgot to tell me. That’s why the 15th of February will always be remembered as “That’s-not-my-child birthday plus how-to-block people on Whatsapp.”

No one should be forced to get back on the saddle, to date when not ready. Because, as with a bad horseback riding accident, either you get injured or leave traumatized, but for sure not willing to get back on the horse right away. It’s much more likely to get a Twitter Direct Message from the person that will bring back to life your will to face that horse.

Yeeeeee haaaaaa!

Las 5 etapas del duelo en notas musicales.

Las 5 etapas del duelo en notas musicales.

Por Veronica Orozco Abad @verozco

03/15/2014

La tusa, esa enfermedad del corazón que hace que quien la padezca sienta que no existe cura y que no queda más de otra que aprender a vivir con ella. Ese cáncer sentimental que como cualquier enfermedad terminal, acaba con la vida propia y la de los que nos rodean. Por eso, nada mejor que enfrentarla. Vivir cada una de esas etapas que aunque no parezcan más que metástasis, son parte de ese “tratamiento” para poder sanar. No hay que pasarlas en ningún orden específico y es posible volver a cualquiera de ellas muchas veces (si está pensando en la etapa de la ira, usted es yo).

ETAPA DE NEGACIÓN

“No, no, esto no nos está pasando a nosotros”

Él se fue. Ya no hay asomos de su presencia en la casa. No hay ropa masculina en el armario ni espuma de afeitar en el baño. Y sin embargo, nuestra mente, que no es más que una perra que aparentemente nos odia, se encarga de hacernos creer que el ruido que acabamos de oír son sus llaves colgándose en el llavero al lado de la puerta o nos obliga en medio de la noche a buscar unos piecitos fríos al otro lado de la cama. “Esto no es más que una pelea, lo sé, ya hemos pasado por esto varias veces”

ETAPA DE IRA

“Te odio, bastardo infeliz miserable gordo egoísta impotente mañé grosero pendejo bruto”

Ego propio vs ex. Una pelea que no tiene cómo ganar el pobre infeliz, pues ni sabe que está batallando. Lista de defectos (reales e inventados) del susodicho revolotean en las conversaciones con cualquier persona, así ni siquiera nos conozcan. “¿Tengo que poner la X aquí? Es que el inútil de mi ex marido ni siquiera supo decirme exactamente dónde se ponía” le decimos a la señora de la caja del banco, mientras ella sonríe bastante incómoda. Ojalá se consiga una gorda, bruta y frígida, que lo trate mal. Ojalá sea muy muy infeliz.

ETAPA DE NEGOCIACIÓN

“¿Nos tomamos un cafecito? Te entrego unas cosas que se te quedaron y hablamos un rato. P.D: Me estás haciendo una falta…”

Como por arte de magia, desaparece de la mente todo lo que nos hizo partir. Se olvidan los malos ratos, los ratos masomenos y sólo quedan en mayúsculas y negrilla los mejores recuerdos. Ya no hay defectos, costumbres fastidiosas o situaciones insoportables que nos hagan pensar en él de una manera diferente a “te quiero de vuelta”; en la cabeza, es otra vez el tipo maravilloso del que uno se enamoró. Nunca había sido tan necesario un DeLorean como en este momento. Dame otra oportunidad, vuelve conmigo.

ETAPA DE DEPRESIÓN

“Este hueco en el alma no me deja levantarme de la cama”

La ansiedad. El insomnio. Las peleas con la del otro lado del espejo. La falta de sabor en la comida. La lloradera, esa maldita lloradera por todo. La desaparición de la sonrisa y la aparición triunfal de bolsas eternas en los ojos. La angustia, que se siente durito en el pecho, así como debe sentirse un infarto y que sólo desaparece por tres segundos en las mañanas, cuando uno abre los ojos y piensa que se trata sólo de un mal sueño. Ya ni siquiera Friends produce risa y es posible lograr la imposible tarea de deprimir un Golden Retriever.

ETAPA DE ACEPTACIÓN

“Me caigo muy bien y no me voy a tener más pesar”.

Entonces, una mañana cualquiera, abrimos los ojos y ya no hay dolor. La parte insoportable y torturadora de nuestra mente ha sido encarcelada y amordazada y ya no hay más voces de tormento. El aire se siente bonito cuando entra en los pulmones y la comida vuelve a tener sabor. Y volvemos a cantar. Y pensamos en él y ya no se arruga el pecho. Lo dejamos ir. Y es ahí donde lo entendemos: se acabó. Se acabó pero ya no importa. Y vuelven las ganas de vivir, de llenarse de nuevos recuerdos, de quererse a uno mismo. De volver a empezar. De ser otra vez feliz.

Publicado en bacanika.com.co

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