1980

1980

Las revistas de la sala de espera estaban viejas y con las puntas dobladas. Quién sabe cuántas otras pacientes habían estado aquí sentadas antes que ella, asustadas como ella, pasando las hojas sin mirar nada realmente, como lo estaba haciendo ella. Nerviosas como ella. Estaba convencida de estar enferma o al menos, de estar empezando la menopausia. Cuando los síntomas aparecieron, su primer pensamiento fue “tengo un tumor”. Le corrió un escalofrío por todo el cuerpo mientras recordaba esa posibilidad y se abrazó tratando de calentarse mientras esperaba su turno. “¿Sonia?” dijo en voz alta la secretaria del doctor. Se puso de pie y caminó hasta el consultorio, dejando en la mesita de centro las revistas arrugadas.

“Buenas noticias: los exámenes mostraron que lo que usted tiene no es un tumor, Sonia. ¡Usted está esperando otro hijo!” exclamó emocionadísimo el médico. Sonia, que tenía 42 años y cuatro hijos adolescentes, dejó caer su mandíbula al suelo. “¿Está seguro de que estoy en embarazo, Doctor? ¿No será un tumor?” preguntó incrédula. De repente la idea del cáncer sonaba menos difícil de asimilar. Estaba muy vieja para estar embarazada de nuevo, ¿cómo podía ser posible?

Con su mundo al revés salió del consultorio. “¿Cómo puede ser posible?” se repetía una y otra vez mientras lloraba sin consuelo. Se fue a su casa y antes de que sus otros cuatro hijos volvieran del colegio, llamó a su esposo a contarle la noticia. Él la escuchaba ahogada en nervios y llanto al otro lado del teléfono. “ESTOY EMBARAZADA JAVIER, QUÉ VAMOS A HACER, CÓMO PUEDE SER POSIBLE SI TENGO 42 AÑOS, ESTO NO PUEDE SER”, le gritaba a su marido por el auricular. Javier, un tipo calmado y tranquilo de 49 años, viendo lo desconsolada y asustada que estaba su esposa, le propuso la solución más práctica que encontró: “¿Entonces por qué no abortas?”, le dijo, dejando en ella la posibilidad de decidir. La palabra “aborto” retumbó en su mente y el caudal de lágrimas se detuvo. En medio de todo el miedo y la angustia, nunca había contemplado en esa opción. “¿Es lo que me gustaría hacer?” se preguntó durante medio segundo antes de entender que su verdadero deseo era ser madre por quinta vez. Luego de regañar a Javier por siquiera haber sugerido semejante disparate, se fue al centro comercial a comprarle a ese futuro bebé su primera pijama. El tumor que iba a dejar viudo a su marido y huérfanos a sus cuatro hijos, era un pequeño embrión creciendo en su vientre.

Ese siempre fue el más grande sueño de su vida, ser madre. Antes de casarse visitó a un brujo que al leerle el tabaco le dijo que en su futuro se veía que iba a tener “más hijos que un curí” y la predicción parecía ser cierta. Tendría que volver a empezar de nuevo: fabricar una persona, asegurarse de que sobreviva y en ese proceso, enseñarle a ser una persona buena y decente. Tendría que olvidarse de su trabajo y encontrar una manera de trabajar desde su casa para ayudar a su marido porque ahora serían una familia de siete.

Una historia cualquiera

Una historia cualquiera

Ella es Verónica. Acaba de cumplir 20 años, está en la universidad y lleva un par de semanas saliendo con Esteban. Él no le gusta mucho pero ella no quiere estar sola, siente que solo existe ante la mirada de un hombre y por eso es tan importante estar con alguien. Esteban es más bajito que ella y tiene un corte de pelo estilo 7 que le recuerda a un duende. Esteban es dulce con ella, la trata bien y definitivamente está tragado. Verónica prefiere ignorar que no se siente atraída por Esteban y sale con él. Se besan, él la coge de la mano. Esteban la invita a una fiesta en las afueras de la ciudad, llena de conocidos y desconocidos.

Andrés es el anfitrión de la fiesta, dueño de la finca. Es un tipo muy sociable, tiene muchos amigos. También tiene un corte de pelo estilo 7 pero a él sí le queda bien. Está allí con su novia, la oficial, a pesar de que todos saben que se besa al mismo tiempo con muchas otras. Andrés es un hombre cishetero, blanco, adinerado, paisa. Se siente el dueño del mundo desde que nació y la verdad, nunca se le ha dicho lo contrario.

Hay mucho alcohol en la fiesta. Litros y litros de aguardiente. Más de 50 veinteañeros beben y bailan al son de Proyecto Uno. Verónica está con Esteban y los amigos de Esteban, uno de ellos el hermano de su mejor amiga. Ella se siente segura, no tiene por qué sentir otra cosa.

Andrés y Verónica se cruzan. Alguien los presenta, coinciden en el trago y terminan tomando juntos. A ella le gusta de inmediato y él se da cuenta. Andrés es un macho paisa que debe aprovechar cada oportunidad con una mujer, esa es la regla. Comienzan a bailar y él la besa. Se besan. Andrés la lleva a un lugar de la finca más solo y Verónica lo acompaña. No hablan mucho, solo se besan. En la mente de ella hay romance, el comienzo de una historia de amor. En la mente de él probablemente no hay más que alcohol y marihuana, puede estar besando a cualquiera.

Luego de un rato vuelven a la fiesta. Verónica vuelve donde Esteban, con quien vino pero con quien no quiere estar. Mañana terminará con él, seguramente por teléfono, sin mucho drama. Está ilusionada con Andrés, piensa que la llamará al otro día y empezarán a salir.

Ya son las 3:30 am, hace mucho frío y no les cabe más alcohol. Verónica y Esteban se sientan afuera a esperar que la fiesta termine para irse con quien vinieron. Se sientan en el suelo frente a las caballerizas. Hay más gente terminando la fiesta alrededor mientras ellos conversan cerquita para calentarse un poco y comparten la chaqueta de Esteban.

Verónica le está contando algo a Esteban y no ve venir la mano. Solo siente un golpe seco en la cara y sus oídos empiezan a pitar. Mira con horror como Andrés, de la nada, acaba de pegarle un puño en su mejilla derecha. Esteban le reclama y él solo atina a decir que se confundió, qué creyó que era su novia y se va. No pasa nada. Verónica no entiende lo que está pasando y sus ojos se llenan de lágrimas. Tiene miedo, se siente frágil y vulnerable. Esteban, quien decide no incomodar a su amigo millonario y popular, solo le pregunta si está bien y la acompaña callado.

Verónica se queda en absoluto silencio. Por primera vez en sus 20 años de vida no quiere decir nada. Le duele la cara y el alma. Está lejos de su casa y no tiene cómo volver hasta que no la lleven de regreso. Esteban se aburre de su silencio y se va con sus amigos. Verónica se queda ahí, en el suelo de la caballeriza, sola, humillada, abandonada. Golpeada. Está segura de que es su culpa, de que se lo merece. De que se lo ganó por perra, por besar a otro. Nunca vuelve a ver a Andrés ni a Esteban. Nunca le cuenta a nadie y por años entierra el recuerdo de la primera vez que un hombre le pegó y ella se convenció de que se lo había buscado.

Una mujer que no quiso ser mamá

Una mujer que no quiso ser mamá

La primera vez que escribí sobre mi decisión de no ser mamá fue en el año 2014. En ese momento tenía 33 años, estaba recién divorciada y el mundo estaba abriéndose para mí. Pero no era una idea que acababa de gestarse en mi cabeza. Un par de años antes había verbalizado tímidamente las palabras más aterradoras hasta ese momento: “creo que no quiero tener hijos”. Podría fingir que no fue difícil, que lo tuve claro desde siempre, que no me costó mucho pero la verdad es que llegar a esa conclusión ha sido uno de los retos más complejos de mi vida.

Desde niña la idea de la maternidad estuvo conmigo. Los hijos eran parte de la vida de los adultos, así como lo era casarse, trabajar, ponerse tacones o tener reuniones. Nada de esto dependía de la voluntad, simplemente ese era el orden de las cosas. Mis primeros juguetes, como los de muchas niñas, fueron bebés de mentiras, de esos que cerraban los ojos cuando se acostaban y a los que alimentábamos con un tetero de plástico, imitando a las mujeres en quienes nos convertiríamos más adelante. Me gustaba jugar a ser mamá. En mi imaginación sin límites, los escenarios para maternar eran muchos y muy distintos pero la constante era una sola: mi futuro necesariamente incluía un esposo y unos hijos.

Al crecer la idea seguía ahí, no como una de las opciones posibles sino como el deber ser. Entonces pacientemente esperé a que un hombre me escogiera como su esposa para comenzar a vivir a plenitud el mito del amor romántico, ese que promete que luego de la boda, viene una vida armoniosa y llena de abundancia, en una casa con hijos en la que jamás volveremos a sentirnos solas. Estaba convencida de que la única vida posible para una mujer feliz era la de la familia y los hijos. Había fantaseado con ello en mis juegos infantiles, en mis sueños de adolescente, con cada película, cada libro, cada novela. Fue solo hasta el momento de dar el siguiente paso en la maternidad que entendí que esos sueños y anhelos no eran míos. No tenía idea qué quería para mí, solo sabía que ser madre no estaba en mi futuro.

Mi decisión vino llena de cuestionamientos y juicios por parte de una sociedad que considera el cuerpo de las mujeres de su propiedad y la labor de maternar una obligación. Los ataques llegaron de conocidos y desconocidos, increpando mi egoísmo, inmadurez y falta de feminidad. Otros más sutiles preferían recordarme el desastroso final de una mujer como yo, quien con seguridad terminaría sus días sola y abandonada, sin hijos y nietos que la amaran. Entonces me aferré a mi decisión con uñas y dientes, como un animal acorralado dispuesto a lo que sea con tal de sobrevivir. No estaba segura de por qué estaba yéndome en contra de todo lo que conocía, pero dentro de mí se sentía correcto.

Con los años la decisión se ha afianzado y mis argumentos han madurado. Mientras sentía que tenía que defender mi posición frente a los demás, tomé el argumento que fuera necesario en el momento. Sostuve sin parpadear que jamás tendría hijos, que ni los quería ni los necesitaba y que el hechizo patriarcal sobre la maternidad para mí había desaparecido. Que no estaba dispuesta a sacrificar mi vida deliciosa por un mocoso, que no quería comer helado derretido, ni pasar noches en vela esperando en la ventana el regreso de un adolescente rumbero. Que no quería gestar un ser humano, ni quería amamantar, ni me importaba pasarme la vida sin estrenar el corazón luego de parir.

Todavía sigo convencida de que no quiero ser madre pero reconozco mis miedos y dudas. Es muy difícil librarnos por completo de las creencias que viven en nuestro inconsciente y que moldean nuestra vida desde pequeñas. Mentiría si dijera que en los últimos años no he imaginado lo que sería tener hijos, lo significativo que debe ser para la vida, lo retador y emocionante que debe sentirse asumir la tarea de educar un buen ser humano. Sé a ciencia cierta que mi decisión me obliga a sacrificar vivencias y emociones que solo nacen de la maternidad. Pero también me estaría mintiendo a mí misma si me dejara gobernar por mis temores.

Hoy entiendo que la maternidad no es el máximo fin femenino, ni un requisito para graduarse de mujer. Que hay mujeres que son madres y hay otras que no lo son y eso está bien porque el cuerpo de una mujer le pertenece solo a ella y lo que decida hacer con él, no es problema de nadie más. Entiendo que el instinto maternal es una construcción social, que el ejercicio de la maternidad también es político y que por ello, la decisión de hacerlo es exclusiva de la mujer.

Entiendo que pensar en mis sueños y metas no es egoísta con nadie porque mi vida está por encima de esa que ni siquiera existe. Comprendo que no le debo explicaciones de mis decisiones a nadie y que cualquier motivo es suficiente para decir NO. También reconozco que mi decisión no está escrita en piedra y que tengo derecho a arrepentirme si así lo deseo. Es mi vida, voy a vivirla como me plazca y lucharé por siempre para que cada mujer pueda hacer lo mismo. Soy consciente del privilegio que representa haber tenido la opción de decidirlo, cuando la realidad de muchas mujeres es otra.

No sé si algún día me arrepienta de haber tomado la decisión de no ser madre pero eso no me preocupa. No solo porque con cada decisión que tomamos en la vida enfrentamos el mismo riesgo sino porque la vida es solo el presente y lentamente he ido aprendiendo a vivir en el hoy sin sufrir tanto por la incertidumbre del futuro. Y la verdad prefiero arrepentirme de no ser mamá que de serlo sin haberlo querido.

*Publicado en Revista Pandemia en 2020.

8M: NO HAY NADA QUE FESTEJAR

8M: NO HAY NADA QUE FESTEJAR

Yo no sé si ustedes se acuerdan pero cuando estábamos en el colegio celebrábamos todos los 12 de octubre el “Día de la Raza” y ese día, había acto cívico al rayo del sol por 3 horas, en el que con comparsas de niñas disfrazadas – varias haciendo black face ante la falta de diversidad del colegio – y otras representaciones artísticas, que iban desde poemas eternos a Colón a canciones mal rimadas para la Madre Patria, le agradecíamos a los españoles el haber venido a culturizarnos y bautizarnos, hasta que un día ¡BUM! sonó “V Centenario” de los Fabulosos Cadillacs en alguna fiesta de Quince y desde ese día, no hay 12 de octubre que no piense “no hay nada que festejar” *Les deja la canción abajito del texto pa qué sepan de qué estoy hablando*.

Porque básicamente es cierto, qué festejamos en América ese día si no es el saqueo, exterminio y colonización de quienes estaban aquí antes. El mal llamado Día de la Raza celebramos los horrores, las enfermedades y la sangre que hicieron rodar cuando llegaron a América a llevarse todo sin pagar por nada.

Algo así me pasa ahora con el 8 de marzo, con el Día de la Mujer.  A  pesar de nunca haber sido una ávida celebradora de la fecha, siempre caía en esa moda colectiva de agradecer las rosas, los chocolates, las canciones, las frases cursis y trilladas que nos repiten cada año, en las que nos dicen que somos los seres que evocan la delicadeza, la dulzura, la bondad y el amor y hasta los tampones y toallas higiénicas (que las empresas de productos femeninos se mueren por repartirnos ese día). Porque “¡mujeres, sin ustedes el mundo sería horrible!”. (Mira Néstor, la verdad es que sin nosotras no habría ni mundo entonces me estás citando un hecho irrefutable).

Un día como hoy en la que el mundo nos grita que celebremos nuestra “feminidad”, no tenemos nada que celebrar porque ser femenina se entiende diferente para cada una. Porque no hay un manual de “mujerismo” que haya que seguir para ser mujer de verdad. Porque hay mujeres que nacimos siéndolo y hay otras que tuvieron que hacerse y ellas también hacen parte de ese femenino.

Hoy reconozcamos la realidad de muchas mujeres del mundo. Dejemos de negar que la violencia de género existe porque no nos ha tocado de primera mano. Dejemos de negar que la brecha salarial existe porque en nuestro trabajo todos ganan igual. Dejemos de culpar a las víctimas de abuso por lo sucedido. Dejemos de matar mujeres por el hecho de ser mujeres. Dejemos de decirles qué hacer con sus cuerpos en el contexto que sea. Exijamos el cubrimiento total de nuestros derechos sexuales y reproductivos, exijamos que el aborto sea legal y seguro para todas. Reconozcamos en la lucha de otras la lucha nuestra y no se nos olvide que hasta que todas no estemos bien, ninguna está bien.

Este 8M aprovechemos que el mundo nos está mirando para exigir lo que se nos ha negado por tanto tiempo. El silencio no nos protegerá y aquello que hoy le pasa a otra, es lo que nos puede pasar a nosotras después. Mientras nuestros derechos sigan siendo vulnerados y la equidad no exista, así como cada 12 de octubre, para mí “no hay nada que festejar”.

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

En este episodio, nos acompaña Catalina Ruiz-Navarro, feminista colombiana, editora de la revista Volcanika y una de Las Viejas Verdes, quién nos ilustra sobre las verdades del aborto, la situación legal del mismo en Colombia y nos derrumba muchos de los mitos creados alrededor del tema.

 

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MÚSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Catalina Ruíz-Navarro

@catalinapordios

 

Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

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Escribir

Escribir

Por Verónica Orozco A. @verozco 

“Because so often when we say we’re unqualified for something,

what we’re really saying is that we’re too scared to try it,

not that we can’t do it.”

Jen Sincero

Me muero por escribir pero me da miedo. ¿A qué le temo? Creo que a no hacerlo bien. Pero siempre he escrito. Cuando niña, escribí varias cosas. Muy lindas, por cierto. Aún me acuerdo de una de ellas, que era una tarea del colegio. Un poema a la Virgen María que decía:

Es la reina de las flores

Y con lirios se adornó

Es María, madre mía

Es la rosa del Señor

Ella reina en las estrellas

Y hace brillar la luna

Que siempre alumbra mi cuna

Con su dulce resplandor

Todavía me asombro cuando lo leo. Una niña de 8 años escribiendo un poema tan bonito. Sin miedo de nada, sin preocupaciones. Ella se sentó y lo escribió, así, sencillito como suena. Pero esa niña creció y empezó el reinado del terror. Llegó el ego, relegó la niña y tomó posesión de todo, incluyendo escribir. Me alejé mucho de la escritura y aún no entiendo por qué. Me llené de temores y esos fueron tapando las ganas de muchas cosas. Y olvidé lo mucho que me gustaba, lo bien que lo hacía y me convencí de lo contrario. Me convencí de que no era capaz de escribir.

Así escogí una carrera en la que me tocaba escribir pero no crear, al menos no de la misma manera. Y lo hice muy bien. Terminé Derecho habiendo escrito muy buenos ensayos y comencé a ejercer como abogada y escribí alegatos, oposiciones, apelaciones, todos muy bien hechos pero algo no estaba bien. Sí, estaba escribiendo pero no de la manera que quería. ¿Y qué hice en lugar de buscar lo que quería? Seguí siendo abogada y escribiendo sobre lo que no me gustaba por muchos años. Enterrando profundamente un deseo que solo recordé que tenía hace poco tiempo. El miedo, como siempre, siendo el director de la orquesta con la batuta en la mano, dirigiendo mi vida como si nada.

Y es el miedo ahora el que regresa a decirme que no puedo hacerlo. Que mejor no escriba porque no tengo nada sobre qué escribir, porque no soy tan creativa ni tan talentosa como yo pienso y se le para encima a la creatividad y a las ganas para regresarnos, a él y a mí, a la zona de confort, donde el puto miedo vive feliz.

¿Pues sabés qué, miedo? Estás equivocado, sí tengo tema para escribir. Voy a escribir sobre vos y sobre lo infeliz que me hacés. Y te expongo y así te controlo porque estoy decidida a hacer lo que yo quiero, no lo que a vos te da la gana. Y te largás de aquí que ya no sos bienvenido ni necesario en esta vida. Además, tengo que sentarme a escribir.

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Image: nofilmschool.com

Por el derecho a rendirse

Por el derecho a rendirse

Por Verónica Orozco A. @Verozco 

Estaba navegando por mi TL de Facebook y me encontré una imagen que me sentó a escribir. Era un meme de una mujer caminando de la mano con su hija, en el que la pequeña le pregunta: “Mamá, ¿qué es rendirse?”, a lo que su madre responde: “No sé hija, nosotras somos mujeres”.

Y me quedé pensando entonces en esa tonelada de peso que le acaba de pasar esa madre a su hija sin darse cuenta. “Está prohibido rendirse porque somos mujeres”. Qué frase tan atrevida y tan equivocada. ¡Si rendirse es un derecho! Que no esté regulado en la Constitución no le quita su esencia de tal.

No todas las historias terminan como lo teníamos planeado. La vida está llena de variables imprevisibles, que cambian los planes establecidos y juegan con nuestros cronogramas. Si decido que mi matrimonio no es lo que quiero o que el trabajo que tengo no me hace feliz, ¿estoy obligada a remar infinito porque no me puedo rendir? ¿Quién es usted, madre de meme, para decirme que por ser mujer (algo que no escogí), no tengo derecho a parar cuando me de la gana? Y según esa lógica, ¿está bien entonces que los hombres se rindan pero no que lo hagan las mujeres?

Soy una convencida del poder femenino, de lo inmensas que somos las mujeres y de la necesidad de seguir alzando nuestra voz para lograr un mundo justo y equitativo para todos. Y eso incluye mi derecho a rendirme, a renunciar cuando no quiero seguir, a dejar atrás lo que ya no me interesa. Nos enseñan desde niños la importancia de luchar, de persistir, de continuar. Pero nadie nos dice que también tenemos derecho a decir “ya no más” cuando sintamos que es el momento, a escucharnos a nosotros mismos, a conocernos lo suficiente como para saber cuando queremos parar.

Rendirse es una oportunidad para volver a empezar, para reivindicarnos con nosotros mismos, para cambiar de camino. A la mierda las frases de superación personal que nos cargan en lugar de liberarnos. La vida viene sin manuales, por eso podemos vivirla como nos de la gana. Y eso incluye rendirse las veces que sea necesario.

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 Foto: strenghtandconditioningeducation.com

Lo que me dejaron los 34

Lo que me dejaron los 34

Por Verónica Orozco A @verozco

Estoy a puertas de empezar mi año número 35 y es inevitable hacer un balance del 34 que está a punto de acabar. Este fue el primer año en el que me he sentido un verdadero adulto. He comenzado a asumir la responsabilidad de cada cosa que hago en mi vida y ¡MIERDA, SE SIENTE TAN BIEN! Soy responsable de mi creatividad, de mi sexualidad, de mis emputes. Todo pasa porque yo lo permito o no lo permito. Algo como el año de YO.

Este año me sirvió para confirmar que la maternidad no es algo que estará en mi vida y ya hice las paces con ello. Ya no me da ese miedo pequeñito que a ratos aparecía a mis 33, en forma de vocecita bajita, susurrando que probablemente estaba cometiendo un error. Y si el instinto maternal es cierto, me siento feliz de haberlo domado. Nunca me había sentido tan tranquila al imaginar mi vejez al lado del amor de mi vida en nuestra calmada soledad.

Los 34 fueron un buen año. Aprendí que me encanta el pelo crespo y que puedo tenerlo así con un poquito de esfuerzo, champú adecuado, espuma para volumen y pinzas calientes. Que la celulitis está ahí, que se puede hacer algo para tener menos pero que si aparece, no tengo que odiarme por eso. Aprendí que el metabolismo cambia y que una hamburguesa a las 3 am se nota en las piernas al otro día, pero que no me voy a aguantar las ganas si me la quiero comer. Aprendí que el ejercicio no es tan horrible y que las endorfinas que deja no son un cuento chino.

Con 34 años descubrí que cocino delicioso y que tengo sazón de matrona paisa. Que cocinar para alguien es llenar de amor la receta y así se llena el estómago y el alma. Que mis lentejas son como para montar un restaurante y que ya no me da asco coger un quesito o picar un pollo crudo. Conocí las maravillas de comer vegetales y me reconcilié para siempre con la ensalada.

Y ni hablemos del sexo. ¡Qué delicioso es el sexo a los 34! Atrás quedaron los complejos, la pena y la preocupación por el disfrute del otro. Este año por fin entendí la responsabilidad sobre mis propios orgasmos. Dejar de forzar gemidos y placeres es una maravilla. Conocer el cuerpo propio y disfrutarlo sola, adueñarme de todo lo que me pasa a mí. Aunque este año no pudo quitarme la vergüenza de que mi mamá hubiera encontrado un vibrador. Espero que esa pena se la lleven los 35.

Entendí que la necesidad de aceptación es como una droga y que las redes sociales funcionan como dealers. Dejé de sufrir por insultos de desconocidos y por primera vez me reí de verdad con uno de ellos. Es muy gratificante sentir que le estás dando a las cosas la importancia que se merecen.

Sí, los 34 fueron un gran año. Viajé, descansé, tiré, encontré un trabajo de ensueño, empecé a ver a mis papás con ojos más compasivos y me di permiso de decir “NO” todas las veces que quise. Parece que al fin estoy llegando a la adultez y no está para nada mal. ¡Qué lleguen con toda estos 35 que si así fue el desayuno, no me imagino cómo será el almuerzo! ¡Tas tas tas!

Volver al ruedo

Volver al ruedo

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/

Aunque no lo crean, y su semejanza no sea tan evidente, los divorciados y los enfermos tenemos muchas cosas en común. Ambos grupos despertamos miradas de lástima y condescendencia al entrar a un lugar lleno de gente conocida, nos vemos obligados a contar la historia completa más veces de las que quisiéramos y somos víctimas de los remedios caseros de aquellas personas que se preocupan y quieren hacernos sentir mejor. Cualquier cosa por vernos bien otra vez. Y es entonces en este punto cuando volvemos a ser diferentes, enfermos y divorciados. Porque mientras el remedio para el enfermo puede pasar de bebedizos hechos de plantas exóticas hasta hilos de colores que cuelgan de alguna extremidad, el remedio del divorciado no puede tomarse de un trago sin respirar y requiere más que la intención de mejorarse: VOLVER AL RUEDO.

Resulta bastante complicado—en una ciudad como la mía, con una familia como la mía y unos amigos como los míos—explicar que no, que no estoy tan triste como creen, que por el contrario, ha sido bueno aprender a mercar para uno y me tiene sin cuidado mi inactividad en whatsapp.

Pero como “no hay mejor remedio que la compañía” y “no deberías envejecer sola”, por arte de magia resulta que todos tienen un “partidazo” bajo la manga. “¿Te acordás de Memo Correa? , el que estudió conmigo en la universidad. Pues resulta que anda soltero desde que lo conociste en 1997 y, no sé, rico que salieran y se reencontraran” salta a la conversación luego de un sorbo de ginebra en la barra de un bar con una amiga de toda la vida. “Mijita, ¿vos te acordás del hijo de Martica Martínez?, el que era como medio retrasado mental cuando estaban chiquitos. Es que resultó que no era retrasado nada, estuvo viviendo en Canadá, acaba de volver y te lee en Twitter. ¡Ay, tan bueno que pudieran salir!” aparece como sobremesa en un almuerzo familiar un domingo.

Porque sucede que los divorciados, además de pertenecer nuevamente al grupo de “solteros”, pertenecemos a un subgrupo reducido y para nada exclusivo, el de los “usados”. Entonces no tenemos derecho a salir con un soltero clase A—joven, exitoso, filántropo, millonario, amante de los perros, guapo nivel Jared Leto y jamás casado- sino que como castigo por el fracaso matrimonial, debemos conformarnos con solteros clase B—los demás divorciados, solterones, locos medicados, edipos, cabrones y gays no declarados-. No me hagan hablar de los solteros clase C.

Y es entonces cuando arranca esta carrera de desastres, cada uno peor que el anterior, en la que pareciera que uno no es más que un personaje protagonizado por Drew Barrimore en la Chick Flick más absurda de la historia.

Como la vez que decidí salir con el primo de la amiga de una amiga mía, porque era una salida grupal y me aseguraron que el tipo era guapo de barba y pelo largo. El personaje sí resultó ser barbado y de pelo largo—idéntico a Juan Tamariz—y profesión parapsicólogo, que se pasó toda la noche explicándome al oído por qué podía sentir la presencia de mi abuela con nosotros en el bar. O cuando salí en cita a ciegas con un compañero nuevo de oficina de un amigo, que olvidó convenientemente su billetera a la hora de pagar la cuenta y luego pretendía subir a mi apartamento. Al día siguiente, cuando fui a recoger a mi amigo para almorzar y ya toda su oficina sabía del asunto, el personaje se me acerca, me pide un abrazo y remata con un “shhhh…me drenaste”. Y cómo olvidar a F.W, quien se me acercó en un bar, me pidió el teléfono y desde ese instante no paró de hablarme por chat, SMS, teléfono, voicenote hasta que un mes después puso una foto en Instagram. De su hijo recién nacido. Con su esposa. Detallitos pequeños que había olvidado contarme. Por ello, el 15 de febrero siempre será recordado como “el día que cumple años el hijo negado y el día que aprendí a bloquear gente por whatsapp”.

Nadie debería ser obligado a volver al ruedo. Porque como los toros, de ahí se sale muerto o indultado y, en cualquiera de los dos casos, lo último que uno espera es volver. Es mucho más probable que cuando uno menos lo espere, en el momento más inesperado, reciba un mensaje directo en Twitter de la persona que probablemente reviva las ganas de volver a torear. Y olé!

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