8M: NO HAY NADA QUE FESTEJAR

8M: NO HAY NADA QUE FESTEJAR

Yo no sé si ustedes se acuerdan pero cuando estábamos en el colegio celebrábamos todos los 12 de octubre el “Día de la Raza” y ese día, había acto cívico al rayo del sol por 3 horas, en el que con comparsas de niñas disfrazadas – varias haciendo black face ante la falta de diversidad del colegio – y otras representaciones artísticas, que iban desde poemas eternos a Colón a canciones mal rimadas para la Madre Patria, le agradecíamos a los españoles el haber venido a culturizarnos y bautizarnos, hasta que un día ¡BUM! sonó “V Centenario” de los Fabulosos Cadillacs en alguna fiesta de Quince y desde ese día, no hay 12 de octubre que no piense “no hay nada que festejar” *Les deja la canción abajito del texto pa qué sepan de qué estoy hablando*.

Porque básicamente es cierto, qué festejamos en América ese día si no es el saqueo, exterminio y colonización de quienes estaban aquí antes. El mal llamado Día de la Raza celebramos los horrores, las enfermedades y la sangre que hicieron rodar cuando llegaron a América a llevarse todo sin pagar por nada.

Algo así me pasa ahora con el 8 de marzo, con el Día de la Mujer.  A  pesar de nunca haber sido una ávida celebradora de la fecha, siempre caía en esa moda colectiva de agradecer las rosas, los chocolates, las canciones, las frases cursis y trilladas que nos repiten cada año, en las que nos dicen que somos los seres que evocan la delicadeza, la dulzura, la bondad y el amor y hasta los tampones y toallas higiénicas (que las empresas de productos femeninos se mueren por repartirnos ese día). Porque “¡mujeres, sin ustedes el mundo sería horrible!”. (Mira Néstor, la verdad es que sin nosotras no habría ni mundo entonces me estás citando un hecho irrefutable).

Un día como hoy en la que el mundo nos grita que celebremos nuestra “feminidad”, no tenemos nada que celebrar porque ser femenina se entiende diferente para cada una. Porque no hay un manual de “mujerismo” que haya que seguir para ser mujer de verdad. Porque hay mujeres que nacimos siéndolo y hay otras que tuvieron que hacerse y ellas también hacen parte de ese femenino.

Hoy reconozcamos la realidad de muchas mujeres del mundo. Dejemos de negar que la violencia de género existe porque no nos ha tocado de primera mano. Dejemos de negar que la brecha salarial existe porque en nuestro trabajo todos ganan igual. Dejemos de culpar a las víctimas de abuso por lo sucedido. Dejemos de matar mujeres por el hecho de ser mujeres. Dejemos de decirles qué hacer con sus cuerpos en el contexto que sea. Exijamos el cubrimiento total de nuestros derechos sexuales y reproductivos, exijamos que el aborto sea legal y seguro para todas. Reconozcamos en la lucha de otras la lucha nuestra y no se nos olvide que hasta que todas no estemos bien, ninguna está bien.

Este 8M aprovechemos que el mundo nos está mirando para exigir lo que se nos ha negado por tanto tiempo. El silencio no nos protegerá y aquello que hoy le pasa a otra, es lo que nos puede pasar a nosotras después. Mientras nuestros derechos sigan siendo vulnerados y la equidad no exista, así como cada 12 de octubre, para mí “no hay nada que festejar”.

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

En este episodio, nos acompaña Catalina Ruiz-Navarro, feminista colombiana, editora de la revista Volcanika y una de Las Viejas Verdes, quién nos ilustra sobre las verdades del aborto, la situación legal del mismo en Colombia y nos derrumba muchos de los mitos creados alrededor del tema.

 

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MÚSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Catalina Ruíz-Navarro

@catalinapordios

 

Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

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Escribir

Escribir

Por Verónica Orozco A. @verozco 

“Because so often when we say we’re unqualified for something,

what we’re really saying is that we’re too scared to try it,

not that we can’t do it.”

Jen Sincero

Me muero por escribir pero me da miedo. ¿A qué le temo? Creo que a no hacerlo bien. Pero siempre he escrito. Cuando niña, escribí varias cosas. Muy lindas, por cierto. Aún me acuerdo de una de ellas, que era una tarea del colegio. Un poema a la Virgen María que decía:

Es la reina de las flores

Y con lirios se adornó

Es María, madre mía

Es la rosa del Señor

Ella reina en las estrellas

Y hace brillar la luna

Que siempre alumbra mi cuna

Con su dulce resplandor

Todavía me asombro cuando lo leo. Una niña de 8 años escribiendo un poema tan bonito. Sin miedo de nada, sin preocupaciones. Ella se sentó y lo escribió, así, sencillito como suena. Pero esa niña creció y empezó el reinado del terror. Llegó el ego, relegó la niña y tomó posesión de todo, incluyendo escribir. Me alejé mucho de la escritura y aún no entiendo por qué. Me llené de temores y esos fueron tapando las ganas de muchas cosas. Y olvidé lo mucho que me gustaba, lo bien que lo hacía y me convencí de lo contrario. Me convencí de que no era capaz de escribir.

Así escogí una carrera en la que me tocaba escribir pero no crear, al menos no de la misma manera. Y lo hice muy bien. Terminé Derecho habiendo escrito muy buenos ensayos y comencé a ejercer como abogada y escribí alegatos, oposiciones, apelaciones, todos muy bien hechos pero algo no estaba bien. Sí, estaba escribiendo pero no de la manera que quería. ¿Y qué hice en lugar de buscar lo que quería? Seguí siendo abogada y escribiendo sobre lo que no me gustaba por muchos años. Enterrando profundamente un deseo que solo recordé que tenía hace poco tiempo. El miedo, como siempre, siendo el director de la orquesta con la batuta en la mano, dirigiendo mi vida como si nada.

Y es el miedo ahora el que regresa a decirme que no puedo hacerlo. Que mejor no escriba porque no tengo nada sobre qué escribir, porque no soy tan creativa ni tan talentosa como yo pienso y se le para encima a la creatividad y a las ganas para regresarnos, a él y a mí, a la zona de confort, donde el puto miedo vive feliz.

¿Pues sabés qué, miedo? Estás equivocado, sí tengo tema para escribir. Voy a escribir sobre vos y sobre lo infeliz que me hacés. Y te expongo y así te controlo porque estoy decidida a hacer lo que yo quiero, no lo que a vos te da la gana. Y te largás de aquí que ya no sos bienvenido ni necesario en esta vida. Además, tengo que sentarme a escribir.

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Image: nofilmschool.com

Por el derecho a rendirse

Por el derecho a rendirse

Por Verónica Orozco A. @Verozco 

Estaba navegando por mi TL de Facebook y me encontré una imagen que me sentó a escribir. Era un meme de una mujer caminando de la mano con su hija, en el que la pequeña le pregunta: “Mamá, ¿qué es rendirse?”, a lo que su madre responde: “No sé hija, nosotras somos mujeres”.

Y me quedé pensando entonces en esa tonelada de peso que le acaba de pasar esa madre a su hija sin darse cuenta. “Está prohibido rendirse porque somos mujeres”. Qué frase tan atrevida y tan equivocada. ¡Si rendirse es un derecho! Que no esté regulado en la Constitución no le quita su esencia de tal.

No todas las historias terminan como lo teníamos planeado. La vida está llena de variables imprevisibles, que cambian los planes establecidos y juegan con nuestros cronogramas. Si decido que mi matrimonio no es lo que quiero o que el trabajo que tengo no me hace feliz, ¿estoy obligada a remar infinito porque no me puedo rendir? ¿Quién es usted, madre de meme, para decirme que por ser mujer (algo que no escogí), no tengo derecho a parar cuando me de la gana? Y según esa lógica, ¿está bien entonces que los hombres se rindan pero no que lo hagan las mujeres?

Soy una convencida del poder femenino, de lo inmensas que somos las mujeres y de la necesidad de seguir alzando nuestra voz para lograr un mundo justo y equitativo para todos. Y eso incluye mi derecho a rendirme, a renunciar cuando no quiero seguir, a dejar atrás lo que ya no me interesa. Nos enseñan desde niños la importancia de luchar, de persistir, de continuar. Pero nadie nos dice que también tenemos derecho a decir “ya no más” cuando sintamos que es el momento, a escucharnos a nosotros mismos, a conocernos lo suficiente como para saber cuando queremos parar.

Rendirse es una oportunidad para volver a empezar, para reivindicarnos con nosotros mismos, para cambiar de camino. A la mierda las frases de superación personal que nos cargan en lugar de liberarnos. La vida viene sin manuales, por eso podemos vivirla como nos de la gana. Y eso incluye rendirse las veces que sea necesario.

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 Foto: strenghtandconditioningeducation.com

Lo que me dejaron los 34

Lo que me dejaron los 34

Por Verónica Orozco A @verozco

Estoy a puertas de empezar mi año número 35 y es inevitable hacer un balance del 34 que está a punto de acabar. Este fue el primer año en el que me he sentido un verdadero adulto. He comenzado a asumir la responsabilidad de cada cosa que hago en mi vida y ¡MIERDA, SE SIENTE TAN BIEN! Soy responsable de mi creatividad, de mi sexualidad, de mis emputes. Todo pasa porque yo lo permito o no lo permito. Algo como el año de YO.

Este año me sirvió para confirmar que la maternidad no es algo que estará en mi vida y ya hice las paces con ello. Ya no me da ese miedo pequeñito que a ratos aparecía a mis 33, en forma de vocecita bajita, susurrando que probablemente estaba cometiendo un error. Y si el instinto maternal es cierto, me siento feliz de haberlo domado. Nunca me había sentido tan tranquila al imaginar mi vejez al lado del amor de mi vida en nuestra calmada soledad.

Los 34 fueron un buen año. Aprendí que me encanta el pelo crespo y que puedo tenerlo así con un poquito de esfuerzo, champú adecuado, espuma para volumen y pinzas calientes. Que la celulitis está ahí, que se puede hacer algo para tener menos pero que si aparece, no tengo que odiarme por eso. Aprendí que el metabolismo cambia y que una hamburguesa a las 3 am se nota en las piernas al otro día, pero que no me voy a aguantar las ganas si me la quiero comer. Aprendí que el ejercicio no es tan horrible y que las endorfinas que deja no son un cuento chino.

Con 34 años descubrí que cocino delicioso y que tengo sazón de matrona paisa. Que cocinar para alguien es llenar de amor la receta y así se llena el estómago y el alma. Que mis lentejas son como para montar un restaurante y que ya no me da asco coger un quesito o picar un pollo crudo. Conocí las maravillas de comer vegetales y me reconcilié para siempre con la ensalada.

Y ni hablemos del sexo. ¡Qué delicioso es el sexo a los 34! Atrás quedaron los complejos, la pena y la preocupación por el disfrute del otro. Este año por fin entendí la responsabilidad sobre mis propios orgasmos. Dejar de forzar gemidos y placeres es una maravilla. Conocer el cuerpo propio y disfrutarlo sola, adueñarme de todo lo que me pasa a mí. Aunque este año no pudo quitarme la vergüenza de que mi mamá hubiera encontrado un vibrador. Espero que esa pena se la lleven los 35.

Entendí que la necesidad de aceptación es como una droga y que las redes sociales funcionan como dealers. Dejé de sufrir por insultos de desconocidos y por primera vez me reí de verdad con uno de ellos. Es muy gratificante sentir que le estás dando a las cosas la importancia que se merecen.

Sí, los 34 fueron un gran año. Viajé, descansé, tiré, encontré un trabajo de ensueño, empecé a ver a mis papás con ojos más compasivos y me di permiso de decir “NO” todas las veces que quise. Parece que al fin estoy llegando a la adultez y no está para nada mal. ¡Qué lleguen con toda estos 35 que si así fue el desayuno, no me imagino cómo será el almuerzo! ¡Tas tas tas!

Volver al ruedo

Volver al ruedo

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/

Aunque no lo crean, y su semejanza no sea tan evidente, los divorciados y los enfermos tenemos muchas cosas en común. Ambos grupos despertamos miradas de lástima y condescendencia al entrar a un lugar lleno de gente conocida, nos vemos obligados a contar la historia completa más veces de las que quisiéramos y somos víctimas de los remedios caseros de aquellas personas que se preocupan y quieren hacernos sentir mejor. Cualquier cosa por vernos bien otra vez. Y es entonces en este punto cuando volvemos a ser diferentes, enfermos y divorciados. Porque mientras el remedio para el enfermo puede pasar de bebedizos hechos de plantas exóticas hasta hilos de colores que cuelgan de alguna extremidad, el remedio del divorciado no puede tomarse de un trago sin respirar y requiere más que la intención de mejorarse: VOLVER AL RUEDO.

Resulta bastante complicado—en una ciudad como la mía, con una familia como la mía y unos amigos como los míos—explicar que no, que no estoy tan triste como creen, que por el contrario, ha sido bueno aprender a mercar para uno y me tiene sin cuidado mi inactividad en whatsapp.

Pero como “no hay mejor remedio que la compañía” y “no deberías envejecer sola”, por arte de magia resulta que todos tienen un “partidazo” bajo la manga. “¿Te acordás de Memo Correa? , el que estudió conmigo en la universidad. Pues resulta que anda soltero desde que lo conociste en 1997 y, no sé, rico que salieran y se reencontraran” salta a la conversación luego de un sorbo de ginebra en la barra de un bar con una amiga de toda la vida. “Mijita, ¿vos te acordás del hijo de Martica Martínez?, el que era como medio retrasado mental cuando estaban chiquitos. Es que resultó que no era retrasado nada, estuvo viviendo en Canadá, acaba de volver y te lee en Twitter. ¡Ay, tan bueno que pudieran salir!” aparece como sobremesa en un almuerzo familiar un domingo.

Porque sucede que los divorciados, además de pertenecer nuevamente al grupo de “solteros”, pertenecemos a un subgrupo reducido y para nada exclusivo, el de los “usados”. Entonces no tenemos derecho a salir con un soltero clase A—joven, exitoso, filántropo, millonario, amante de los perros, guapo nivel Jared Leto y jamás casado- sino que como castigo por el fracaso matrimonial, debemos conformarnos con solteros clase B—los demás divorciados, solterones, locos medicados, edipos, cabrones y gays no declarados-. No me hagan hablar de los solteros clase C.

Y es entonces cuando arranca esta carrera de desastres, cada uno peor que el anterior, en la que pareciera que uno no es más que un personaje protagonizado por Drew Barrimore en la Chick Flick más absurda de la historia.

Como la vez que decidí salir con el primo de la amiga de una amiga mía, porque era una salida grupal y me aseguraron que el tipo era guapo de barba y pelo largo. El personaje sí resultó ser barbado y de pelo largo—idéntico a Juan Tamariz—y profesión parapsicólogo, que se pasó toda la noche explicándome al oído por qué podía sentir la presencia de mi abuela con nosotros en el bar. O cuando salí en cita a ciegas con un compañero nuevo de oficina de un amigo, que olvidó convenientemente su billetera a la hora de pagar la cuenta y luego pretendía subir a mi apartamento. Al día siguiente, cuando fui a recoger a mi amigo para almorzar y ya toda su oficina sabía del asunto, el personaje se me acerca, me pide un abrazo y remata con un “shhhh…me drenaste”. Y cómo olvidar a F.W, quien se me acercó en un bar, me pidió el teléfono y desde ese instante no paró de hablarme por chat, SMS, teléfono, voicenote hasta que un mes después puso una foto en Instagram. De su hijo recién nacido. Con su esposa. Detallitos pequeños que había olvidado contarme. Por ello, el 15 de febrero siempre será recordado como “el día que cumple años el hijo negado y el día que aprendí a bloquear gente por whatsapp”.

Nadie debería ser obligado a volver al ruedo. Porque como los toros, de ahí se sale muerto o indultado y, en cualquiera de los dos casos, lo último que uno espera es volver. Es mucho más probable que cuando uno menos lo espere, en el momento más inesperado, reciba un mensaje directo en Twitter de la persona que probablemente reviva las ganas de volver a torear. Y olé!

Publicado en http://www.bacanika.com.co @bacanika

http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-3

Las 5 etapas del duelo en notas musicales.

Las 5 etapas del duelo en notas musicales.

Por Veronica Orozco Abad @verozco

03/15/2014

La tusa, esa enfermedad del corazón que hace que quien la padezca sienta que no existe cura y que no queda más de otra que aprender a vivir con ella. Ese cáncer sentimental que como cualquier enfermedad terminal, acaba con la vida propia y la de los que nos rodean. Por eso, nada mejor que enfrentarla. Vivir cada una de esas etapas que aunque no parezcan más que metástasis, son parte de ese “tratamiento” para poder sanar. No hay que pasarlas en ningún orden específico y es posible volver a cualquiera de ellas muchas veces (si está pensando en la etapa de la ira, usted es yo).

ETAPA DE NEGACIÓN

“No, no, esto no nos está pasando a nosotros”

Él se fue. Ya no hay asomos de su presencia en la casa. No hay ropa masculina en el armario ni espuma de afeitar en el baño. Y sin embargo, nuestra mente, que no es más que una perra que aparentemente nos odia, se encarga de hacernos creer que el ruido que acabamos de oír son sus llaves colgándose en el llavero al lado de la puerta o nos obliga en medio de la noche a buscar unos piecitos fríos al otro lado de la cama. “Esto no es más que una pelea, lo sé, ya hemos pasado por esto varias veces”

ETAPA DE IRA

“Te odio, bastardo infeliz miserable gordo egoísta impotente mañé grosero pendejo bruto”

Ego propio vs ex. Una pelea que no tiene cómo ganar el pobre infeliz, pues ni sabe que está batallando. Lista de defectos (reales e inventados) del susodicho revolotean en las conversaciones con cualquier persona, así ni siquiera nos conozcan. “¿Tengo que poner la X aquí? Es que el inútil de mi ex marido ni siquiera supo decirme exactamente dónde se ponía” le decimos a la señora de la caja del banco, mientras ella sonríe bastante incómoda. Ojalá se consiga una gorda, bruta y frígida, que lo trate mal. Ojalá sea muy muy infeliz.

ETAPA DE NEGOCIACIÓN

“¿Nos tomamos un cafecito? Te entrego unas cosas que se te quedaron y hablamos un rato. P.D: Me estás haciendo una falta…”

Como por arte de magia, desaparece de la mente todo lo que nos hizo partir. Se olvidan los malos ratos, los ratos masomenos y sólo quedan en mayúsculas y negrilla los mejores recuerdos. Ya no hay defectos, costumbres fastidiosas o situaciones insoportables que nos hagan pensar en él de una manera diferente a “te quiero de vuelta”; en la cabeza, es otra vez el tipo maravilloso del que uno se enamoró. Nunca había sido tan necesario un DeLorean como en este momento. Dame otra oportunidad, vuelve conmigo.

ETAPA DE DEPRESIÓN

“Este hueco en el alma no me deja levantarme de la cama”

La ansiedad. El insomnio. Las peleas con la del otro lado del espejo. La falta de sabor en la comida. La lloradera, esa maldita lloradera por todo. La desaparición de la sonrisa y la aparición triunfal de bolsas eternas en los ojos. La angustia, que se siente durito en el pecho, así como debe sentirse un infarto y que sólo desaparece por tres segundos en las mañanas, cuando uno abre los ojos y piensa que se trata sólo de un mal sueño. Ya ni siquiera Friends produce risa y es posible lograr la imposible tarea de deprimir un Golden Retriever.

ETAPA DE ACEPTACIÓN

“Me caigo muy bien y no me voy a tener más pesar”.

Entonces, una mañana cualquiera, abrimos los ojos y ya no hay dolor. La parte insoportable y torturadora de nuestra mente ha sido encarcelada y amordazada y ya no hay más voces de tormento. El aire se siente bonito cuando entra en los pulmones y la comida vuelve a tener sabor. Y volvemos a cantar. Y pensamos en él y ya no se arruga el pecho. Lo dejamos ir. Y es ahí donde lo entendemos: se acabó. Se acabó pero ya no importa. Y vuelven las ganas de vivir, de llenarse de nuevos recuerdos, de quererse a uno mismo. De volver a empezar. De ser otra vez feliz.

Publicado en bacanika.com.co

@bacanika http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-2

La Casa

La Casa

Por Veronica Orozco @verozco

01/02/2014

(Suena “For No One” de The Beatles)

Aprender a caminar viene con la inexorable consecuencia de darnos golpes contra todo. Golpes dolorosos. A veces tontos, a veces no tanto. Y cuando al golpe se suma el llanto siempre hay un adulto cercano que tiene la tarea de darle su merecido al culpable. “¡Mesa mala! ¡No le pegue a la niña!”, dicen mientras le dan palmadas a una esquina de la inocente mesa mientras uno la mira con ojos brillantes, esos que quedan después de lograr una venganza.

Luego de pasarnos la infancia creyendo en los pensamientos diabólicos de cosas que, al parecer, lo único que quieren es lastimarnos, la adultez nos obliga a deshumanizarlas, a entender que no tienen terminaciones nerviosas ni se reúnen a planear cómo asesinarnos. Que son cosas y las cosas NO SIENTEN. Esa es la parte más importante de todo: no sienten.

Entonces, ¿por qué ahora que me despido de la casa que hice y que compartí por años con quien pensé sería mi compañero para el resto de la vida siento que, así como yo, la casa también se está muriendo de tristeza? ¿Por qué siento que las paredes me dan miradas de indignación pero con algo de empatía? ¿Por qué veo a las puertas y a las ventanas llorar?

Es que hay vainas que le pasan a otros pero no a uno. Hay gente que parece que tuviera un matrimonio perfecto y luego resulta que era de la puerta para afuera. Pero eso no le pasa a uno. También hay parejas que se casan con el acuerdo de tener hijos y después de un tiempo uno de los dos decide romper el acuerdo y separarse. Pero es que esa es gente que no está bien de la cabeza y, obvio, ese no es mi caso.

Es bastante aterrador volverse la protagonista de una tragedia que con seguridad le esperaba a M y P, pero nunca a nosotros, porque esas cosas le pasan a otros y no a uno. Es devastador abrir los ojos una mañana, en la casa que compraron sobre planos y vieron nacer, que los ve dormir hace ya más de tres años y entender que se acabó. Ver la mitad derecha de un vestier vacía, contemplar la biblioteca que servía de hangar de las naves de Star Wars de Lego y ahora lo único que tiene son libros. Quita el aliento y llena los ojos de lágrimas.

Esto no tenía que pasarnos a nosotros. Nosotros teníamos que vivir en el 602 de Forte Zúñiga hasta que pudiéramos comprar una casa más grande; nosotros seguiríamos haciendo fiestas privadas de tequila y Kiss en hoteles lujosos y todas las vacaciones viajaríamos a un lugar distinto, solos, porque nadie pasea tan rico en pareja como nosotros dos.

¿Cómo es que la pareja perfecta, que empezó como mejores amigos y peleó contra todos los que se vinieron encima cuando decidieron estar juntos, está pensando en divorciarse? Es que no tiene sentido. Más rápido termina el matrimonio reciente de L y L que el nuestro.

Pero resulta que no. Que ahora somos “los otros”. Somos P y V, la pareja más linda de Facebook que al final no lo era tanto. Los que tienen que repetir incontables veces que no, que no nos odiamos, que por el contrario nos amamos tanto que debemos dejarnos ir para que el otro busque lo que anhela y sea feliz. Quienes ya no van a vivir en la casa que compraron cuando llevaban seis meses de novios porque también la tienen que dejar ir.

Entonces hoy, cuando me despido de la casa que estrenamos juntos y de la que él se fue el 1 de diciembre, dejando las llaves con el llavero del storm trooper pegadas en el imán de la entrada, es cuando entiendo que siempre fuimos “esos a los que sí les pasa”. Que la teoría de “ser los mejores amigos antes asegura un matrimonio eterno” no funciona para todo el mundo y que nosotros somos el ejemplo. No pudimos. Y es por ser tan buenos amigos y amarnos tanto que decidimos pasar nuestro primer diciembre separados para permitir que el otro buscara la felicidad. Esa felicidad que ya no nos estábamos dando.

Pienso, mientras estoy acostada en el suelo de la que fue nuestra sala y ahora está vacía, que tenía que ser así. Que nuestra vida juntos era temporal. Y que ni la bendición del cura peruano en el altar de una ermita en Llanogrande mientras sonaba el himno de Top Gun y estallaban 300 voladores pudo servir de amuleto contra la separación de los caminos.

Recuerdo en medio del llanto, mientras me paro en nuestra cocina blanca que ya no tiene nada, ese último viernes antes de que saliera de esta casa. Estar sentados en un sofá que ya no existe, abrazados, llorando, agradeciéndonos. Pidiéndonos perdón. Perdonándonos.

Y fue ahí, en la casa. La casa nuestra. De la que me voy yo ahora porque así como él, también necesito dejar esto atrás. Los cinco años más bonitos de mi vida. Los tres años larguitos más importantes de mis casi 33, viviendo en la casa que construimos juntos, en todos los sentidos. Una casa que por última vez me recibe las lágrimas. Y que llora conmigo. Y me abraza. Y me dice que nosotros siempre estaremos ahí, en esas paredes blancas y esas escaleras de madera. Que ella somos nosotros. Los nosotros que llegaron queriendo pasar el resto de su vida juntos en unas paredes que formaban ese hogar que apenas nacía. No los nosotros que se van ahora buscando pasar el resto de sus vidas separados.

Y vuelvo entonces a sentirme como de cuatro años, caminando con los tacones de mi mamá, tropezando con un tapete, reventándome el labio superior y llorando descontroladamente. Me siento adolorida, triste, aporreada, avergonzada y con mucha putería. Al parecer es la casa la que me lastima ahora. Lloro sin descanso en el suelo de madera en un cuarto de unos esposos que ya no existen y le digo mientras golpeo la pared “¡Casa mala! ¡No haga llorar a la niña!”.

Publicado en Bacánika.com.co @bacanika http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-1