WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

El domingo pasado asistí por primera vez a una marcha de mujeres. Era una marcha feminista con un fin político evidente: resaltar la importancia de votar, de protestar en las urnas y lograr cambios desde el gobierno. Era el aniversario de la marcha de las mujeres del 2017, la cual ha sido hasta hoy, la más grande que se ha hecho en Estados Unidos.

Al ser la primera vez, no tenía idea de qué podría encontrarme pero el descubrimiento que hice fue maravilloso. En primer lugar, me encantó ver una aglomeración de tantas personas movidas por un fin que siento tan personal e importante. Ver a todas esas mujeres y hombres, con sus camisetas y carteles llenos de frases e imágenes poderosas y tan convencidos de todo esto, no solo me dio esperanza en el futuro sino que me ayudó a confirmar mi posición y la importancia de no ser pasiva y hacer sentir mi voz. Me demostró que cada vez somos más quienes estamos unidos, luchando por un fin tan hermoso como lo es la igualdad entre todos los seres humanos.

Todos los presentes estábamos movidos por la defensa de la igualdad pero no sólo entre géneros. También la equidad entre razas, nacionalidades, inclinaciones sexuales, religiones y todo aquello que nos divide innecesariamente. Vi hombres y mujeres blancos portando carteles en contra de la supremacía blanca. Vi ciudadanos norteamericanos defendiendo el derecho de los inmigrantes a vivir y trabajar en su país. Vi hombres usando camisetas estampadas con mensajes reforzando la idea de acabar con el patriarcado.

Vi muchas, muchas mujeres. Señoras en sus setentas y niñas de tres años. Mujeres embarazadas, mujeres gay. Mujeres ciudadanas y mujeres inmigrantes. De todos los colores, de todos los lugares. Una mezcla perfecta del mundo. Unidas todas en una sola voz. TIME’S UP.

Yo que crecí tan machista y viví toda mi vida convencida de que las mujeres éramos rivales por naturaleza, me sentí feliz de poder estar allí y presenciar tanta admiración y orgullo entre unas y otras. Sostener miradas de complicidad entre desconocidas, gracias a los mensajes poderosos que portaban, me llegó al alma.

Llevé mi propio cartel. Pensé en muchas frases para poner allí, inspirada en fotos de marchas pasadas que me habían movido el corazón. Luego de ver muchas, decidí que mi frase sería “A woman’s place is in the resistance”. Me parecía perfecto y sentía que resumía mi sentimiento en esa mañana. Pero antes de empezar, quise mirar una vez más fotos inspiradoras y encontré una que decía “I AM EVERY WOMAN”. Cuando lo leí, se me hizo un nudo en la garganta y se me encharcaron los ojos.

Cuando el feminismo me tocó por primera vez, comprendí que todas las mujeres éramos una sola. Que todas somos todas. Mi cartel despertó mucha conversación alrededor suyo. Le tomaron fotos, lo pidieron prestado y le movió el corazón a más de una. Podía ver cómo sus caras al leerlo, cambiaban. Cómo sonreían asintiendo con sus cabezas. Ellas también lo entienden.

Vernos a las mujeres como un colectivo es nuevo para mí. Sentirlas como iguales, como hermanas, lejos de esa idea del odio natural y rivalidad “genética” entre nosotras, me ha dado una paz que jamás pensé que podría sentir. Regalar halagos sinceros, sentirme feliz por los logros de otras mujeres sin sentirme amenazada, disfrutar la diferencia de cada mujer, respetándola por encima de mis convicciones y gustos, es liberador.

Y entender finalmente que la lucha no es por mí sino por todas, cambia completamente la perspectiva y modifica la escala de prioridades. Porque mientras haya una mujer oprimida, abusada, disminuida e irrespetada por el solo hecho de ser mujer, la lucha tiene que seguir. Pero no es necesario ir a marchas ni protestar frente al Congreso. Comenzar a cambiar uno mismo y su propio entorno es la lucha más poderosa de todas, porque no es necesaria una fecha especial y se hace todos los días. Señalar los comportamientos tóxicos y no quedarse callado frente a situaciones de injusticia es actuar. Despertar, entender el entorno y decidir qué hacer, es dónde comienza el verdadero impacto.

La marcha me mostró mi gente, esos que luchan conmigo. Supongo que como con todo lo bueno, ya no podré parar de asistir a ninguna. Y la verdad, eso espero. Tengo muchas ideas para carteles que quiero llevar a ellas.

 

 

 

 

 

Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

feminsm