Por el derecho a rendirse

Por el derecho a rendirse

Por Verónica Orozco A. @Verozco 

Estaba navegando por mi TL de Facebook y me encontré una imagen que me sentó a escribir. Era un meme de una mujer caminando de la mano con su hija, en el que la pequeña le pregunta: “Mamá, ¿qué es rendirse?”, a lo que su madre responde: “No sé hija, nosotras somos mujeres”.

Y me quedé pensando entonces en esa tonelada de peso que le acaba de pasar esa madre a su hija sin darse cuenta. “Está prohibido rendirse porque somos mujeres”. Qué frase tan atrevida y tan equivocada. ¡Si rendirse es un derecho! Que no esté regulado en la Constitución no le quita su esencia de tal.

No todas las historias terminan como lo teníamos planeado. La vida está llena de variables imprevisibles, que cambian los planes establecidos y juegan con nuestros cronogramas. Si decido que mi matrimonio no es lo que quiero o que el trabajo que tengo no me hace feliz, ¿estoy obligada a remar infinito porque no me puedo rendir? ¿Quién es usted, madre de meme, para decirme que por ser mujer (algo que no escogí), no tengo derecho a parar cuando me de la gana? Y según esa lógica, ¿está bien entonces que los hombres se rindan pero no que lo hagan las mujeres?

Soy una convencida del poder femenino, de lo inmensas que somos las mujeres y de la necesidad de seguir alzando nuestra voz para lograr un mundo justo y equitativo para todos. Y eso incluye mi derecho a rendirme, a renunciar cuando no quiero seguir, a dejar atrás lo que ya no me interesa. Nos enseñan desde niños la importancia de luchar, de persistir, de continuar. Pero nadie nos dice que también tenemos derecho a decir “ya no más” cuando sintamos que es el momento, a escucharnos a nosotros mismos, a conocernos lo suficiente como para saber cuando queremos parar.

Rendirse es una oportunidad para volver a empezar, para reivindicarnos con nosotros mismos, para cambiar de camino. A la mierda las frases de superación personal que nos cargan en lugar de liberarnos. La vida viene sin manuales, por eso podemos vivirla como nos de la gana. Y eso incluye rendirse las veces que sea necesario.

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 Foto: strenghtandconditioningeducation.com

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

Por Verónica Orozco @verozco

El destino, el llamado, la vocación, “el plan que mi dios tenía para usté”. Elegir qué hacer con la vida es una de las decisiones más importantes que tenemos que tomar -junto con tener o no hijos y comer carbohidratos después de las 4 pm- y sin embargo, son muchas más las veces que lo decidimos sin pensarlo tan bien -al igual que con los hijos o con la hamburguesa a las 3 am-. Mi elección vocacional la tomé en un minuto. Literalmente. Mientras hacía la fila para comprar el formulario de inscripción para estudiar Economía -esto por culpa de una materia con ese nombre dictada por la mejor profesora que tuve en mis 13 años de colegio-, pensé: ¿Y si mejor Derecho? Y compré el formulario. Aquello a lo que iba a dedicarme por el resto de la vida me tomó un minuto decidirlo. Qué tal que la señora de la taquilla de formularios me hubiera visto escogiendo un plato en un restaurante.

Sin haber cumplido siquiera 18 años decidí que por el resto de mi vida quería ser abogada. Demasiado Ally McBeal terminó por joderme la cabeza y mi sueño era llegar a los juzgados de tacones puntudos y sastre de falda, cargando un maletín lleno de papeles con ponencias ganadoras que sacarían vencedores a mis clientes siempre.

Empezó entonces la vida real. Cinco años de clase de 6 am todos los días -sin excepción-, lecturas eternas de libros que pesan más que uno, exámenes orales, sobredosis de tinto, cigarrillos de 50 pesos y noches enteras dedicadas a analizar casos hipotéticos llenos de variables. Esto sin mencionar que los juzgados colombianos no se parecen EN NADA a los juzgados de televisión, ni tampoco los jueces, ni los colegas, ni la aplicación de la ley, ni nada.

Terminé por convencerme de que eso era lo que quería hacer por el resto de mi vida a pesar de que, muy en el fondo, no me sentía tan segura. Probablemente era más fuerte la voz de mi mamá comentando lo feliz que debía estar mi abuelo notario en el cielo viendo que por fin uno de sus nietos decidió continuar su legado. O le presté más atención a la voz de mi papá quien, en una conversación aguardientosa con mi hermano mayor, manifestó sentirse más orgulloso de mí que del resto por haber estudiado lo que él siempre quiso estudiar.

Acabé las materias, presenté los exámenes preparatorios e hice la tesis. Y me gradúe y me entregaron mi tarjeta profesional y conseguí un trabajo como abogada. Y empecé a ir a los juzgados pero de zapatos bajitos porque me tocaba llegar en bus y sin sastre de falda. Y mi cliente era un banco que debía quitarle la casa a esas personas que el UPAC derrotó. Y nada se sentía bien. Nada. Pero esto fue lo que estudié. Yo tuve la opción de escoger otra carrera pero escogí esta. Este es el fin del cuento que yo empecé al comprar un formulario en la universidad a los 17. Y así viví por más de diez años asumiendo la responsabilidad de mi elección por encima de la felicidad del corazón. Convencida de no saber hacer otra cosa para ganarme la vida y rebajando al nivel de “hobbies” labores deliciosas que me llenaban el alma, como escribir.

Y fue luego de decidir divorciarme -lo más difícil que he tenido que hacer hasta ahora- que entendí que la vida no está escrita. No hay un plan maestro en el cielo que dicta lo que tenemos que hacer, el plan maestro está en nosotros y lo hacemos a diario. Me levanté un día, comprendí la infelicidad que me daba el trabajo de abogada que tenía y entendí que ese sentimiento de desasosiego que me invadía todas las mañanas antes de salir para la oficina era probablemente uno de los factores determinantes del final de mi matrimonio. Y del desperdicio de muchas otras oportunidades. Entonces escogí mi felicidad por encima de mi obligación. Y le agradecí al Derecho todo lo que me había dado por tantos años y nos despedimos para que yo pudiera empezar a escribir una nueva historia, en la que a los treintaypunta años me siento como escogiendo otra vez el formulario de admisión en la universidad, pero con la diferencia de que ya no soy una niña. Y sabiendo que puedo cambiar el final de mi historia las veces que quiera.

Publicado en http://www.octomagazine.com http://www.octomagazine.com/edicion/9/pagina/91 @octomagazine