Lo que me dejaron los 34

Lo que me dejaron los 34

Por Verónica Orozco A @verozco

Estoy a puertas de empezar mi año número 35 y es inevitable hacer un balance del 34 que está a punto de acabar. Este fue el primer año en el que me he sentido un verdadero adulto. He comenzado a asumir la responsabilidad de cada cosa que hago en mi vida y ¡MIERDA, SE SIENTE TAN BIEN! Soy responsable de mi creatividad, de mi sexualidad, de mis emputes. Todo pasa porque yo lo permito o no lo permito. Algo como el año de YO.

Este año me sirvió para confirmar que la maternidad no es algo que estará en mi vida y ya hice las paces con ello. Ya no me da ese miedo pequeñito que a ratos aparecía a mis 33, en forma de vocecita bajita, susurrando que probablemente estaba cometiendo un error. Y si el instinto maternal es cierto, me siento feliz de haberlo domado. Nunca me había sentido tan tranquila al imaginar mi vejez al lado del amor de mi vida en nuestra calmada soledad.

Los 34 fueron un buen año. Aprendí que me encanta el pelo crespo y que puedo tenerlo así con un poquito de esfuerzo, champú adecuado, espuma para volumen y pinzas calientes. Que la celulitis está ahí, que se puede hacer algo para tener menos pero que si aparece, no tengo que odiarme por eso. Aprendí que el metabolismo cambia y que una hamburguesa a las 3 am se nota en las piernas al otro día, pero que no me voy a aguantar las ganas si me la quiero comer. Aprendí que el ejercicio no es tan horrible y que las endorfinas que deja no son un cuento chino.

Con 34 años descubrí que cocino delicioso y que tengo sazón de matrona paisa. Que cocinar para alguien es llenar de amor la receta y así se llena el estómago y el alma. Que mis lentejas son como para montar un restaurante y que ya no me da asco coger un quesito o picar un pollo crudo. Conocí las maravillas de comer vegetales y me reconcilié para siempre con la ensalada.

Y ni hablemos del sexo. ¡Qué delicioso es el sexo a los 34! Atrás quedaron los complejos, la pena y la preocupación por el disfrute del otro. Este año por fin entendí la responsabilidad sobre mis propios orgasmos. Dejar de forzar gemidos y placeres es una maravilla. Conocer el cuerpo propio y disfrutarlo sola, adueñarme de todo lo que me pasa a mí. Aunque este año no pudo quitarme la vergüenza de que mi mamá hubiera encontrado un vibrador. Espero que esa pena se la lleven los 35.

Entendí que la necesidad de aceptación es como una droga y que las redes sociales funcionan como dealers. Dejé de sufrir por insultos de desconocidos y por primera vez me reí de verdad con uno de ellos. Es muy gratificante sentir que le estás dando a las cosas la importancia que se merecen.

Sí, los 34 fueron un gran año. Viajé, descansé, tiré, encontré un trabajo de ensueño, empecé a ver a mis papás con ojos más compasivos y me di permiso de decir “NO” todas las veces que quise. Parece que al fin estoy llegando a la adultez y no está para nada mal. ¡Qué lleguen con toda estos 35 que si así fue el desayuno, no me imagino cómo será el almuerzo! ¡Tas tas tas!