El amor de la vida

El amor de la vida

Por Verónica Orozco A. @verozco

Lo vi cruzar la calle. Desde que salió por la puerta hasta que llegó donde yo estaba. Era más alto de lo que me imaginaba y su corte de pelo todavía no era tendencia en Medellín. Tenía una camiseta negra y unos jeans oscuros. Y olía rico. “Se arregló para verme”, pensé.

Yo no había tenido tiempo de arreglarme. Verlo y olerlo me hizo consciente de mis uñas mal pintadas y de mis cejas sin arreglar. Hoy no era el día que habíamos planeado para conocernos en persona. Ese día fue hace dos meses y nunca pasó. Hoy era un día corriente para mí. Oficina, tedio, tráfico, casa. Salí a las 7 am, como todos los días, sin imaginar que recibiría un mensaje a las 2 pm que decía “Voy para Medellín y me gustaría saludarte”.

Mi primer instinto al recibir el mensaje fue: “¡NO! ¡¿CÓMO SE LE OCURRE?! Hoy estoy horrible, me voy a hacer el manicure cuando salga, me vine a trabajar con tacones de abuela y pues, a uno no le avisan estas cosas de un momento para otro. Además, como mínimo sabía hace dos días que venía, me hubiera podido avisar”. Pero después de un rato pensé: “Ay querida, dejá el drama. Ni que fuera el amor de tu vida”. Así que quedamos en vernos a las 6 pm. Yo pasaría por él al salir de mi oficina y nos tomaríamos algo por ahí.

Nunca había oído su voz. No le había dado la mano. Nuestra amistad se basaba en mensajes de texto, menciones en Twitter, DM, inbox y todas las formas de comunicación permitidas por las redes sociales. “¿Qué tal que le suden las manos?”, pensé. “Ahora me sale con voz agudita. Ja, ja. No, imposible. Ay no, ¿y si es marica? Pues, es que de las amistades virtuales se puede esperar cualquier cosa”

Cruzó la calle y se montó al carro. No se detuvo el tiempo ni sonó una canción de amor de fondo ni nada de lo que pasa en las películas cuando Cupido dispara. Siquiera, porque estas ya no son horas. Las monjas del colegio me dejaron muy claro que uno conoce al único hombre de su vida y se casa con él para siempre. Y, aunque jamás lo dije en voz alta y lo escondí detrás de mi discurso de mujer moderna, la idea de haber quemado mi único cartucho en el amor eterno me atormentaba todos los días.

Su conversación se sentía tímida al lado de mi atropello de palabras nerviosas. Es increíble la cantidad de pendejadas que se pueden decir en un minuto cuando uno está acelerado. Pero la comodidad nos pudo y se estabilizaron las cargas. Y conversamos sin parar por horas, interrumpidos solamente por nuestras propias carcajadas.

Qué fácil era hablar con él, qué paz me daba mirarlo a los ojos, qué felicidad sentía al hacerlo reír. Lástima que no se haya detenido el tiempo ni haya sonado una canción de amor ni nos hayamos casado esa primera y única vez que me enseñaron las monjas, porque hubiera sido linda la posibilidad de que fuera el amor de mi vida. De amores y desamores, de trabajos buenos e infelices, de los traumas del divorcio, de viajes soñados. Hablamos de todos los temas posibles sin ningún tipo de censura, acompañados de vino y cigarrillos. Qué rico es conocerte, por fin.

Volvimos al carro y lo llevé de vuelta. Mientras manejaba, acordamos repetirlo. “Cuando vayas a Miami, me avisas. Yo haré lo mismo cuando vuelva a Medellín”. Abrió la puerta para bajarse y me miró a los ojos. No dijimos nada, solo sonreímos. Entonces el tiempo se detuvo. Y empezó a sonar Can’t fight this feeling de R.E.O Speedwagon en la radio del carro.

yo

 

 

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

REESCRIBIENDO EL FINAL DE MI HISTORIA

Por Verónica Orozco @verozco

El destino, el llamado, la vocación, “el plan que mi dios tenía para usté”. Elegir qué hacer con la vida es una de las decisiones más importantes que tenemos que tomar -junto con tener o no hijos y comer carbohidratos después de las 4 pm- y sin embargo, son muchas más las veces que lo decidimos sin pensarlo tan bien -al igual que con los hijos o con la hamburguesa a las 3 am-. Mi elección vocacional la tomé en un minuto. Literalmente. Mientras hacía la fila para comprar el formulario de inscripción para estudiar Economía -esto por culpa de una materia con ese nombre dictada por la mejor profesora que tuve en mis 13 años de colegio-, pensé: ¿Y si mejor Derecho? Y compré el formulario. Aquello a lo que iba a dedicarme por el resto de la vida me tomó un minuto decidirlo. Qué tal que la señora de la taquilla de formularios me hubiera visto escogiendo un plato en un restaurante.

Sin haber cumplido siquiera 18 años decidí que por el resto de mi vida quería ser abogada. Demasiado Ally McBeal terminó por joderme la cabeza y mi sueño era llegar a los juzgados de tacones puntudos y sastre de falda, cargando un maletín lleno de papeles con ponencias ganadoras que sacarían vencedores a mis clientes siempre.

Empezó entonces la vida real. Cinco años de clase de 6 am todos los días -sin excepción-, lecturas eternas de libros que pesan más que uno, exámenes orales, sobredosis de tinto, cigarrillos de 50 pesos y noches enteras dedicadas a analizar casos hipotéticos llenos de variables. Esto sin mencionar que los juzgados colombianos no se parecen EN NADA a los juzgados de televisión, ni tampoco los jueces, ni los colegas, ni la aplicación de la ley, ni nada.

Terminé por convencerme de que eso era lo que quería hacer por el resto de mi vida a pesar de que, muy en el fondo, no me sentía tan segura. Probablemente era más fuerte la voz de mi mamá comentando lo feliz que debía estar mi abuelo notario en el cielo viendo que por fin uno de sus nietos decidió continuar su legado. O le presté más atención a la voz de mi papá quien, en una conversación aguardientosa con mi hermano mayor, manifestó sentirse más orgulloso de mí que del resto por haber estudiado lo que él siempre quiso estudiar.

Acabé las materias, presenté los exámenes preparatorios e hice la tesis. Y me gradúe y me entregaron mi tarjeta profesional y conseguí un trabajo como abogada. Y empecé a ir a los juzgados pero de zapatos bajitos porque me tocaba llegar en bus y sin sastre de falda. Y mi cliente era un banco que debía quitarle la casa a esas personas que el UPAC derrotó. Y nada se sentía bien. Nada. Pero esto fue lo que estudié. Yo tuve la opción de escoger otra carrera pero escogí esta. Este es el fin del cuento que yo empecé al comprar un formulario en la universidad a los 17. Y así viví por más de diez años asumiendo la responsabilidad de mi elección por encima de la felicidad del corazón. Convencida de no saber hacer otra cosa para ganarme la vida y rebajando al nivel de “hobbies” labores deliciosas que me llenaban el alma, como escribir.

Y fue luego de decidir divorciarme -lo más difícil que he tenido que hacer hasta ahora- que entendí que la vida no está escrita. No hay un plan maestro en el cielo que dicta lo que tenemos que hacer, el plan maestro está en nosotros y lo hacemos a diario. Me levanté un día, comprendí la infelicidad que me daba el trabajo de abogada que tenía y entendí que ese sentimiento de desasosiego que me invadía todas las mañanas antes de salir para la oficina era probablemente uno de los factores determinantes del final de mi matrimonio. Y del desperdicio de muchas otras oportunidades. Entonces escogí mi felicidad por encima de mi obligación. Y le agradecí al Derecho todo lo que me había dado por tantos años y nos despedimos para que yo pudiera empezar a escribir una nueva historia, en la que a los treintaypunta años me siento como escogiendo otra vez el formulario de admisión en la universidad, pero con la diferencia de que ya no soy una niña. Y sabiendo que puedo cambiar el final de mi historia las veces que quiera.

Publicado en http://www.octomagazine.com http://www.octomagazine.com/edicion/9/pagina/91 @octomagazine