San Valentín en los tiempos de Social Media

San Valentín en los tiempos de Social Media

Hoy se celebra mundialmente el día de San Valentín, el día de los enamorados, el día del amor. Hoy se inundan las redes sociales de memes clichesudos, de frases romanticonas, de fotos de parejas perfectas. #CoupleGoals como dicen por ahí.

A pesar de ser un día en el que supuestamente vibramos en puro amor, para muchos no es más que un recordatorio de su propia soledad, de relaciones que quisieran tener y no tienen, de compararse con otras parejas que  aparentemente son más bonitas y más felices.

Que sea este el momento de recordar que esa vida de Instagram perfecta no existe. Que esas fotos hermosas de parejas que admiramos son solo una parte de sus vidas, esa parte que deciden compartirnos. Que jamás veremos sus discusiones, ni sus problemas, ni sus peleas pendejas por la ropa tirada en el suelo o sus peleas complejas por unos cachos. Que #CoupleGoals no es más que un hashtag y que la pareja perfecta es la propia, esa que uno tiene con la persona que ama y que también lo ama a uno.

Que tener pareja no es indispensable para ser feliz y que es mejor estar solo que estar con alguien por estar. Que la soledad es maravillosa para conocerse a uno mismo y que un día en el que se celebra el amor, también incluye al amor propio. Que es el día ideal para consentirse a uno mismo como si Cupido te hubiera flechado mientras te mirabas al espejo. Que estar enamorado es hermoso y no estarlo también. Que no hay normas cuando de vivir el corazón se trata y que eso está bien.

La vida trata de decirnos todo el tiempo que lo que somos y tenemos no es suficiente, que necesitamos más o necesitamos diferente. Solo por hoy, decide no compararte, no juzgar ni juzgarte, no sentirte menos o más. Que un día que tiene al amor como bandera no venga cargado de nada que no sea bueno para el corazón.

Si las redes sociales en un día como hoy, te ponen ansioso o triste, no las veas. No te exijas más de lo que puedes soportar, es mejor darse espacio y protegerse a tener que reponerse después. Y decidas lo que decidas, jamás olvides que todos, incluyendo esas parejas hermosas y perfectas, somos humanos lidiando con nuestros propios retos, luchando por vivir la vida que queremos.

Mucho amor por cada uno.

El amor de la vida

El amor de la vida

Por Verónica Orozco A. @verozco

Lo vi cruzar la calle. Desde que salió por la puerta hasta que llegó donde yo estaba. Era más alto de lo que me imaginaba y su corte de pelo todavía no era tendencia en Medellín. Tenía una camiseta negra y unos jeans oscuros. Y olía rico. “Se arregló para verme”, pensé.

Yo no había tenido tiempo de arreglarme. Verlo y olerlo me hizo consciente de mis uñas mal pintadas y de mis cejas sin arreglar. Hoy no era el día que habíamos planeado para conocernos en persona. Ese día fue hace dos meses y nunca pasó. Hoy era un día corriente para mí. Oficina, tedio, tráfico, casa. Salí a las 7 am, como todos los días, sin imaginar que recibiría un mensaje a las 2 pm que decía “Voy para Medellín y me gustaría saludarte”.

Mi primer instinto al recibir el mensaje fue: “¡NO! ¡¿CÓMO SE LE OCURRE?! Hoy estoy horrible, me voy a hacer el manicure cuando salga, me vine a trabajar con tacones de abuela y pues, a uno no le avisan estas cosas de un momento para otro. Además, como mínimo sabía hace dos días que venía, me hubiera podido avisar”. Pero después de un rato pensé: “Ay querida, dejá el drama. Ni que fuera el amor de tu vida”. Así que quedamos en vernos a las 6 pm. Yo pasaría por él al salir de mi oficina y nos tomaríamos algo por ahí.

Nunca había oído su voz. No le había dado la mano. Nuestra amistad se basaba en mensajes de texto, menciones en Twitter, DM, inbox y todas las formas de comunicación permitidas por las redes sociales. “¿Qué tal que le suden las manos?”, pensé. “Ahora me sale con voz agudita. Ja, ja. No, imposible. Ay no, ¿y si es marica? Pues, es que de las amistades virtuales se puede esperar cualquier cosa”

Cruzó la calle y se montó al carro. No se detuvo el tiempo ni sonó una canción de amor de fondo ni nada de lo que pasa en las películas cuando Cupido dispara. Siquiera, porque estas ya no son horas. Las monjas del colegio me dejaron muy claro que uno conoce al único hombre de su vida y se casa con él para siempre. Y, aunque jamás lo dije en voz alta y lo escondí detrás de mi discurso de mujer moderna, la idea de haber quemado mi único cartucho en el amor eterno me atormentaba todos los días.

Su conversación se sentía tímida al lado de mi atropello de palabras nerviosas. Es increíble la cantidad de pendejadas que se pueden decir en un minuto cuando uno está acelerado. Pero la comodidad nos pudo y se estabilizaron las cargas. Y conversamos sin parar por horas, interrumpidos solamente por nuestras propias carcajadas.

Qué fácil era hablar con él, qué paz me daba mirarlo a los ojos, qué felicidad sentía al hacerlo reír. Lástima que no se haya detenido el tiempo ni haya sonado una canción de amor ni nos hayamos casado esa primera y única vez que me enseñaron las monjas, porque hubiera sido linda la posibilidad de que fuera el amor de mi vida. De amores y desamores, de trabajos buenos e infelices, de los traumas del divorcio, de viajes soñados. Hablamos de todos los temas posibles sin ningún tipo de censura, acompañados de vino y cigarrillos. Qué rico es conocerte, por fin.

Volvimos al carro y lo llevé de vuelta. Mientras manejaba, acordamos repetirlo. “Cuando vayas a Miami, me avisas. Yo haré lo mismo cuando vuelva a Medellín”. Abrió la puerta para bajarse y me miró a los ojos. No dijimos nada, solo sonreímos. Entonces el tiempo se detuvo. Y empezó a sonar Can’t fight this feeling de R.E.O Speedwagon en la radio del carro.

yo

 

 

Volver al ruedo

Volver al ruedo

Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/
Imagen: http://andthatswhyyouresingle.com/

Aunque no lo crean, y su semejanza no sea tan evidente, los divorciados y los enfermos tenemos muchas cosas en común. Ambos grupos despertamos miradas de lástima y condescendencia al entrar a un lugar lleno de gente conocida, nos vemos obligados a contar la historia completa más veces de las que quisiéramos y somos víctimas de los remedios caseros de aquellas personas que se preocupan y quieren hacernos sentir mejor. Cualquier cosa por vernos bien otra vez. Y es entonces en este punto cuando volvemos a ser diferentes, enfermos y divorciados. Porque mientras el remedio para el enfermo puede pasar de bebedizos hechos de plantas exóticas hasta hilos de colores que cuelgan de alguna extremidad, el remedio del divorciado no puede tomarse de un trago sin respirar y requiere más que la intención de mejorarse: VOLVER AL RUEDO.

Resulta bastante complicado—en una ciudad como la mía, con una familia como la mía y unos amigos como los míos—explicar que no, que no estoy tan triste como creen, que por el contrario, ha sido bueno aprender a mercar para uno y me tiene sin cuidado mi inactividad en whatsapp.

Pero como “no hay mejor remedio que la compañía” y “no deberías envejecer sola”, por arte de magia resulta que todos tienen un “partidazo” bajo la manga. “¿Te acordás de Memo Correa? , el que estudió conmigo en la universidad. Pues resulta que anda soltero desde que lo conociste en 1997 y, no sé, rico que salieran y se reencontraran” salta a la conversación luego de un sorbo de ginebra en la barra de un bar con una amiga de toda la vida. “Mijita, ¿vos te acordás del hijo de Martica Martínez?, el que era como medio retrasado mental cuando estaban chiquitos. Es que resultó que no era retrasado nada, estuvo viviendo en Canadá, acaba de volver y te lee en Twitter. ¡Ay, tan bueno que pudieran salir!” aparece como sobremesa en un almuerzo familiar un domingo.

Porque sucede que los divorciados, además de pertenecer nuevamente al grupo de “solteros”, pertenecemos a un subgrupo reducido y para nada exclusivo, el de los “usados”. Entonces no tenemos derecho a salir con un soltero clase A—joven, exitoso, filántropo, millonario, amante de los perros, guapo nivel Jared Leto y jamás casado- sino que como castigo por el fracaso matrimonial, debemos conformarnos con solteros clase B—los demás divorciados, solterones, locos medicados, edipos, cabrones y gays no declarados-. No me hagan hablar de los solteros clase C.

Y es entonces cuando arranca esta carrera de desastres, cada uno peor que el anterior, en la que pareciera que uno no es más que un personaje protagonizado por Drew Barrimore en la Chick Flick más absurda de la historia.

Como la vez que decidí salir con el primo de la amiga de una amiga mía, porque era una salida grupal y me aseguraron que el tipo era guapo de barba y pelo largo. El personaje sí resultó ser barbado y de pelo largo—idéntico a Juan Tamariz—y profesión parapsicólogo, que se pasó toda la noche explicándome al oído por qué podía sentir la presencia de mi abuela con nosotros en el bar. O cuando salí en cita a ciegas con un compañero nuevo de oficina de un amigo, que olvidó convenientemente su billetera a la hora de pagar la cuenta y luego pretendía subir a mi apartamento. Al día siguiente, cuando fui a recoger a mi amigo para almorzar y ya toda su oficina sabía del asunto, el personaje se me acerca, me pide un abrazo y remata con un “shhhh…me drenaste”. Y cómo olvidar a F.W, quien se me acercó en un bar, me pidió el teléfono y desde ese instante no paró de hablarme por chat, SMS, teléfono, voicenote hasta que un mes después puso una foto en Instagram. De su hijo recién nacido. Con su esposa. Detallitos pequeños que había olvidado contarme. Por ello, el 15 de febrero siempre será recordado como “el día que cumple años el hijo negado y el día que aprendí a bloquear gente por whatsapp”.

Nadie debería ser obligado a volver al ruedo. Porque como los toros, de ahí se sale muerto o indultado y, en cualquiera de los dos casos, lo último que uno espera es volver. Es mucho más probable que cuando uno menos lo espere, en el momento más inesperado, reciba un mensaje directo en Twitter de la persona que probablemente reviva las ganas de volver a torear. Y olé!

Publicado en http://www.bacanika.com.co @bacanika

http://www.bacanika.com/index.php/historia/opinion/item/la-divorcee-vol-3