Una mujer que no quiso ser mamá

Una mujer que no quiso ser mamá

La primera vez que escribí sobre mi decisión de no ser mamá fue en el año 2014. En ese momento tenía 33 años, estaba recién divorciada y el mundo estaba abriéndose para mí. Pero no era una idea que acababa de gestarse en mi cabeza. Un par de años antes había verbalizado tímidamente las palabras más aterradoras hasta ese momento: “creo que no quiero tener hijos”. Podría fingir que no fue difícil, que lo tuve claro desde siempre, que no me costó mucho pero la verdad es que llegar a esa conclusión ha sido uno de los retos más complejos de mi vida.

Desde niña la idea de la maternidad estuvo conmigo. Los hijos eran parte de la vida de los adultos, así como lo era casarse, trabajar, ponerse tacones o tener reuniones. Nada de esto dependía de la voluntad, simplemente ese era el orden de las cosas. Mis primeros juguetes, como los de muchas niñas, fueron bebés de mentiras, de esos que cerraban los ojos cuando se acostaban y a los que alimentábamos con un tetero de plástico, imitando a las mujeres en quienes nos convertiríamos más adelante. Me gustaba jugar a ser mamá. En mi imaginación sin límites, los escenarios para maternar eran muchos y muy distintos pero la constante era una sola: mi futuro necesariamente incluía un esposo y unos hijos.

Al crecer la idea seguía ahí, no como una de las opciones posibles sino como el deber ser. Entonces pacientemente esperé a que un hombre me escogiera como su esposa para comenzar a vivir a plenitud el mito del amor romántico, ese que promete que luego de la boda, viene una vida armoniosa y llena de abundancia, en una casa con hijos en la que jamás volveremos a sentirnos solas. Estaba convencida de que la única vida posible para una mujer feliz era la de la familia y los hijos. Había fantaseado con ello en mis juegos infantiles, en mis sueños de adolescente, con cada película, cada libro, cada novela. Fue solo hasta el momento de dar el siguiente paso en la maternidad que entendí que esos sueños y anhelos no eran míos. No tenía idea qué quería para mí, solo sabía que ser madre no estaba en mi futuro.

Mi decisión vino llena de cuestionamientos y juicios por parte de una sociedad que considera el cuerpo de las mujeres de su propiedad y la labor de maternar una obligación. Los ataques llegaron de conocidos y desconocidos, increpando mi egoísmo, inmadurez y falta de feminidad. Otros más sutiles preferían recordarme el desastroso final de una mujer como yo, quien con seguridad terminaría sus días sola y abandonada, sin hijos y nietos que la amaran. Entonces me aferré a mi decisión con uñas y dientes, como un animal acorralado dispuesto a lo que sea con tal de sobrevivir. No estaba segura de por qué estaba yéndome en contra de todo lo que conocía, pero dentro de mí se sentía correcto.

Con los años la decisión se ha afianzado y mis argumentos han madurado. Mientras sentía que tenía que defender mi posición frente a los demás, tomé el argumento que fuera necesario en el momento. Sostuve sin parpadear que jamás tendría hijos, que ni los quería ni los necesitaba y que el hechizo patriarcal sobre la maternidad para mí había desaparecido. Que no estaba dispuesta a sacrificar mi vida deliciosa por un mocoso, que no quería comer helado derretido, ni pasar noches en vela esperando en la ventana el regreso de un adolescente rumbero. Que no quería gestar un ser humano, ni quería amamantar, ni me importaba pasarme la vida sin estrenar el corazón luego de parir.

Todavía sigo convencida de que no quiero ser madre pero reconozco mis miedos y dudas. Es muy difícil librarnos por completo de las creencias que viven en nuestro inconsciente y que moldean nuestra vida desde pequeñas. Mentiría si dijera que en los últimos años no he imaginado lo que sería tener hijos, lo significativo que debe ser para la vida, lo retador y emocionante que debe sentirse asumir la tarea de educar un buen ser humano. Sé a ciencia cierta que mi decisión me obliga a sacrificar vivencias y emociones que solo nacen de la maternidad. Pero también me estaría mintiendo a mí misma si me dejara gobernar por mis temores.

Hoy entiendo que la maternidad no es el máximo fin femenino, ni un requisito para graduarse de mujer. Que hay mujeres que son madres y hay otras que no lo son y eso está bien porque el cuerpo de una mujer le pertenece solo a ella y lo que decida hacer con él, no es problema de nadie más. Entiendo que el instinto maternal es una construcción social, que el ejercicio de la maternidad también es político y que por ello, la decisión de hacerlo es exclusiva de la mujer.

Entiendo que pensar en mis sueños y metas no es egoísta con nadie porque mi vida está por encima de esa que ni siquiera existe. Comprendo que no le debo explicaciones de mis decisiones a nadie y que cualquier motivo es suficiente para decir NO. También reconozco que mi decisión no está escrita en piedra y que tengo derecho a arrepentirme si así lo deseo. Es mi vida, voy a vivirla como me plazca y lucharé por siempre para que cada mujer pueda hacer lo mismo. Soy consciente del privilegio que representa haber tenido la opción de decidirlo, cuando la realidad de muchas mujeres es otra.

No sé si algún día me arrepienta de haber tomado la decisión de no ser madre pero eso no me preocupa. No solo porque con cada decisión que tomamos en la vida enfrentamos el mismo riesgo sino porque la vida es solo el presente y lentamente he ido aprendiendo a vivir en el hoy sin sufrir tanto por la incertidumbre del futuro. Y la verdad prefiero arrepentirme de no ser mamá que de serlo sin haberlo querido.

*Publicado en Revista Pandemia en 2020.

3 thoughts on “Una mujer que no quiso ser mamá

  1. Gracias por tus palabras, las emociones y pensamientos de tu des-ahogo me representan mucho, no tengo tu valentía para escribir lo que pienso y siento, por eso tus palabras son un suspiro para mí.

  2. Parece ridículo pero lo más difícil de la decisión de no ser mamá, es que los demás puedan aceptar esa decisión que es propia e individual. Es cierto que con el tiempo uno aprende a que no todas las decisiones deben contar con aprobación del mundo, pero siempre queda el sinsabor de que una como mujer está haciendo algo mal. Por cierto, me encanta todo tu contenido.

  3. Me encanto gracias por este escrito. Yo tengo 32 y vengo cuestionandome mucho lo de la maternidad. ¿Si es un deseo propio o algo impuesto? ¿De verdad quiero serlo? Y ese final arrepentirme de no haber sido que de serlo sin haberlo querido.

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