Somos bullies

Somos bullies

Por Verónica Orozco A. @verozco 

¿Quién no ha hecho parte de esa turba iracunda virtual que destroza en segundos la vida de una persona? Alcen la mano aunque la verdad, no creo que sean muchos.

Todos los días hay un nuevo paria. Una persona que, a propósito o de pura bobada inocente, se convierte en la pera de boxeo de toda la red. Yo he estado en ambos lados. He sido el bully y he sido el bullied.

Impartimos justicia y moral detrás de nuestro teclado y dejamos salir nuestros pensamientos e impulsos más oscuros. Todo en contra de una persona, un ser humano que piensa y siente. Se nos olvida que la piedra se la estamos tirando a alguien y que esa frustración y rabia no es un grito al vacío, sino un golpe doloroso contra otra persona como yo.

El fin de semana pasado, la turba se encendió contra una periodista colombiana. En un desafortunado mensaje en Twitter (a mí parecer de pésimo gusto y sin ningún sentido), sentó una posición frente a la muerte accidental de un artista vallenato, cuyo padre, una leyenda del vallenato, fue condenado por homicidio preterintencional. En su posición se leía su reclamo a una sociedad que lloraba la muerte del hijo de un asesino y no a la víctima de éste. Hordas de fanáticos furiosos y gente del común llegaron con sus antorchas y rastrillos virtuales. El comentario le llegó al país entero al fondo del corazón. Y al parecer, nuestro corazón está bastante enfermo porque los insultos y las amenazas de muerte no se hicieron esperar. “Espero que un sicario te mate”, “Nunca he golpeado una mujer pero si te veo, te pateo” y tantos más que nos podríamos quedar solamente hablando de ello.

¿Usted se ha puesto a pensar, luego de lanzar una daga de esas, qué puede sentir quién la recibe? Yo hice ese ejercicio esta mañana y me dolió todo. Humanizar al otro es duro cuando llevas tanto tiempo haciendo lo contrario. Suena ridículo, ¿no? Pero se nos está olvidando. Nadie recuerda que esa persona que escribió esa burrada o tontería o grosería también sufre y le duele cuando se golpea. Y empiezo por mí, por haber sido incendiaria muchas veces. Nadie se ve a sí mismo como un bully pero no hay otra palabra para describir lo que hacemos en la red.

¿A cuántos linchamientos virtuales hemos asistido y participado? ¿Cuántos hemos empezado? ¿De cuántos hemos sido víctimas? ¿Cómo nos hemos sentido?

No nos basta con destrozar la autoestima del receptor de odio en cuestión, queremos es que se le dañe la vida. Entonces exigimos justicia con cosas como su cabeza a su empleador, como muestra del poder que tenemos como masa. Y comenzamos, sin querer queriendo, a dañar la vida de seres humanos que, sean buenos o malos, no nos corresponde desbaratar. Hoy estuve leyendo sobre una chica que en el 2013 publicó un tuit políticamente incorrecto, que al leerse de manera literal sonaba a racismo. Terrible idea y pésimo tuit. No solo la destrozaron en redes y la amenazaron de muerte, tampoco pudo hospedarse en ningún hotel en sus vacaciones porque los empleados anunciaban huelgas en caso de hacerlo, perdió su trabajo y no pudo volver a tener citas románticas. Su vida perfecta se destruyó en un segundo, por tratar de ser graciosa con un problema muy delicado. Pero el tema en este momento no es el límite entre el chiste y el racismo, es sentirnos “justicieros” cuando no somos más que bullies que no piensan en el poder de las palabras que lanzamos.

Las aguas se calmarán para Maria Antonia, seguro. Ella aprenderá de esto y entenderá que Twitter no es una conversación de sofá, donde probablemente su comentario no le daría más que malas miradas y de pronto, un debate sobre ello. Pero nadie la agarraría a puños y patadas por haberlo dicho, ni llamarían a su jefe a exigirle su cabeza, ni la amenazarían de muerte. La gente en internet olvida muy fácil y la sangre fresca es la más apetecida. Ya aparecerá, si es que ya no ha aparecido, un nuevo receptor de esa rabia y frustración colectiva, a quien lapidaremos sin piedad desde nuestro celular. Yo por mi parte me voy a quitar los guantes y voy a bajar las armas. Quiero creer que soy capaz de jugar redes sociales sin romperle la vida a otros.

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