VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

En este episodio, nos acompaña Catalina Ruiz-Navarro, feminista colombiana, editora de la revista Volcanika y una de Las Viejas Verdes, quién nos ilustra sobre las verdades del aborto, la situación legal del mismo en Colombia y nos derrumba muchos de los mitos creados alrededor del tema.

 

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MÚSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Catalina Ruíz-Navarro

@catalinapordios

 

Audio

VIDA REAL – EPISODIO 1: DEPRESIÓN

 

Este es el primer episodio de VIDA REAL, un podcast mensual que hablará sobre muchos temas que tenemos en común y de los que no siempre hablamos.

En esta ocasión, contamos con la presencia del Dr. Santiago Duque, psiquiatra, quien responderá todas nuestras dudas sobre esta enfermedad tan común y tan desconocida: la depresión.

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MUSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Doctor Santiago Duque www.facebook.com/Dr.santiagoduque

Roque Dávila

Susimakeup.com

 

No somos Don José

No somos Don José

Ayer en la mañana, Don José recorría las calles de Medellín como todos los días. Con su guitarra, interpretando rancheras y boleros, se gana la vida honestamente. A cambio de sus tonadas, la gente le da algunas monedas y ese es su trabajo. Él como muchos músicos, se gana la vida con su arte.

A eso del medio día, Don José caminaba por El Poblado, entonando sus canciones cerca de restaurantes y cafeterías, con el fin de entretener a los comensales que a esa hora salen de sus oficinas para almorzar. Sus canciones llegaron a los oídos de los clientes de un restaurante del sector, quienes lo disfrutaron al punto de querer invitar a Don José a almorzar en el mismo restaurante en el que se encontraban.

Como cualquier otro cliente, Don José se sentó en una mesa del restaurante para ser atendido. En ese momento, la mesera del lugar le negó el servicio, diciendo que si él (y solamente él) quería comer allí, debía pedirlo para llevar pero en la mesa no podían atenderlo. Los demás clientes, entre sorprendidos e indignados, exigieron la presencia de la persona encargada del restaurante para solucionar el malentendido. La administradora hizo presencia, confirmando la información suministrada por la mesera. En ese restaurante, Don José no podía comer.

La rabia, la impotencia y la tristeza de los presentes no se hizo esperar. Quienes invitaron a Don José a almorzar, comenzaron a grabar la situación, en la que se puede ver tanto a la mesera como a la administradora completamente tranquilas con la situación. Seguramente son las “políticas de la empresa” que deben cumplir, sin importar lo que ello signifique. La gente entonces comenzó a pararse de las mesas, para pagar la cuenta y e irse. Algunas personas lloraban conmovidas. Y mientras todo esto pasaba, Don José solo pedía disculpas porque su intención no era causar problemas. Mientras le decían que no lo atendían, que no era bienvenido a comer allí, mientras lo trataban como un ciudadano de segunda clase, Don José se disculpaba por lo que estaba pasando.

Era de esperarse la reacción en redes sociales que ha suscitado todo esto. La cacería de brujas contra el restaurante, las amenazas, los insultos. La sociedad violenta que somos una vez más deja en evidencia que en lugar de educar, preferimos destrozar. La gran mayoría de gente se siente dolida y lastimada, al punto de crear el HT #YoSoyDonJosé, para unirnos en solidaridad con lo que está pasando. Pero lo peor de todo es que no, probablemente NUNCA estaremos en el lugar de Don José.

La situación denunciada y grabada en video es asquerosamente clasista, racista y arribista. Y es solamente una radiografía de lo que somos como sociedad.

Todos somos Don José pero en la urbanización le revisan las carteras a las empleadas en la portería antes de irse a sus casas. Todos somos Don José pero “indio”, “montañero”, “pobre”, “negro” siguen siendo insultos que usamos diariamente. Todos somos Don José pero que quien ayuda en la casa coma en la cocina, sentada en el butaco que usa para limpiar ventanas, porque en un comedor de 6 puestos, con solo dos personas sentadas no hay sitio para ella.

Es muy fácil ser Don José desde la casa, detrás del celular, mientras espero que cambie el semáforo y miro con desprecio a quién se acerca a limpiarme el vidrio del carro. ¿Cuántas veces en su vida se ha sentido mejor que alguien por las cosas que tiene? ¿Cuántas veces ha tratado a quienes le ayudan con verdadero respeto y no con condescendencia? ¿Se sentaría en una mesa con el portero, la empleada, el mensajero y los miraría como sus pares?

Lo de Don José es un atropello a la dignidad humana, de eso no hay ninguna duda. Pero lo más triste de todo es que esa “política” del restaurante, nació porque existe gente a la que le molesta compartir su espacio con aquellos que consideran que no están a su “altura”. Nuestra sociedad aspiracional nos enseñó a despreciar la pobreza y todo lo que tenga que ver con ella. Nos enseñó a reforzar la diferencia entre clases, teniendo por “gente de bien” a quienes han nacido rodeados de privilegios. Y así nos vamos por la vida, luchando por subir de clase y status y mirando por encima del hombro a los que considero que no son como yo.

Es la hora de reflexionar como individuos, ya que como sociedad no hemos podido. Es la hora de comenzar a cambiar el propio entorno, de hacer el ejercicio (es hasta ridículo decirlo) de tratar a todo el mundo como igual a uno mismo. De devolverle la dignidad a todos aquellos a quienes se las hemos quitado con palabras, con hechos, con maltrato.

Hoy Don José no quiere salir de su casa. Está abrumado y asustado con la situación. Siente miedo. Él, que está acostumbrado a ser un ciudadano de segunda clase, no entiende qué pasa y se siente responsable, a pesar de no tener la culpa de nada. Nuestra deuda es con él y con todos aquellos que se sienten como él diariamente. Y como conocerlos a todos y saber sus historias es casi imposible, los invito a comenzar un cambio desde ustedes. Seamos conscientes de la manera en la que tratamos a cada una de las personas con las que nos relacionamos diariamente.

Mi papá fue un hombre muy sabio. Su mensaje más claro, desde que mis hermanos estaban pequeños, fue tratar a los demás como querían ser tratados. Y así lo hizo a lo largo de su vida, sentado, conversando y tomando cerveza con el que quisiera sentarse con él. No todos podemos ser Don José porque la vida ha sido generosa con nosotros, pero sí TENEMOS que tratar a todos los Don José de nuestra vida, de la manera que quisiéramos ser tratados.

WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

El domingo pasado asistí por primera vez a una marcha de mujeres. Era una marcha feminista con un fin político evidente: resaltar la importancia de votar, de protestar en las urnas y lograr cambios desde el gobierno. Era el aniversario de la marcha de las mujeres del 2017, la cual ha sido hasta hoy, la más grande que se ha hecho en Estados Unidos.

Al ser la primera vez, no tenía idea de qué podría encontrarme pero el descubrimiento que hice fue maravilloso. En primer lugar, me encantó ver una aglomeración de tantas personas movidas por un fin que siento tan personal e importante. Ver a todas esas mujeres y hombres, con sus camisetas y carteles llenos de frases e imágenes poderosas y tan convencidos de todo esto, no solo me dio esperanza en el futuro sino que me ayudó a confirmar mi posición y la importancia de no ser pasiva y hacer sentir mi voz. Me demostró que cada vez somos más quienes estamos unidos, luchando por un fin tan hermoso como lo es la igualdad entre todos los seres humanos.

Todos los presentes estábamos movidos por la defensa de la igualdad pero no sólo entre géneros. También la equidad entre razas, nacionalidades, inclinaciones sexuales, religiones y todo aquello que nos divide innecesariamente. Vi hombres y mujeres blancos portando carteles en contra de la supremacía blanca. Vi ciudadanos norteamericanos defendiendo el derecho de los inmigrantes a vivir y trabajar en su país. Vi hombres usando camisetas estampadas con mensajes reforzando la idea de acabar con el patriarcado.

Vi muchas, muchas mujeres. Señoras en sus setentas y niñas de tres años. Mujeres embarazadas, mujeres gay. Mujeres ciudadanas y mujeres inmigrantes. De todos los colores, de todos los lugares. Una mezcla perfecta del mundo. Unidas todas en una sola voz. TIME’S UP.

Yo que crecí tan machista y viví toda mi vida convencida de que las mujeres éramos rivales por naturaleza, me sentí feliz de poder estar allí y presenciar tanta admiración y orgullo entre unas y otras. Sostener miradas de complicidad entre desconocidas, gracias a los mensajes poderosos que portaban, me llegó al alma.

Llevé mi propio cartel. Pensé en muchas frases para poner allí, inspirada en fotos de marchas pasadas que me habían movido el corazón. Luego de ver muchas, decidí que mi frase sería “A woman’s place is in the resistance”. Me parecía perfecto y sentía que resumía mi sentimiento en esa mañana. Pero antes de empezar, quise mirar una vez más fotos inspiradoras y encontré una que decía “I AM EVERY WOMAN”. Cuando lo leí, se me hizo un nudo en la garganta y se me encharcaron los ojos.

Cuando el feminismo me tocó por primera vez, comprendí que todas las mujeres éramos una sola. Que todas somos todas. Mi cartel despertó mucha conversación alrededor suyo. Le tomaron fotos, lo pidieron prestado y le movió el corazón a más de una. Podía ver cómo sus caras al leerlo, cambiaban. Cómo sonreían asintiendo con sus cabezas. Ellas también lo entienden.

Vernos a las mujeres como un colectivo es nuevo para mí. Sentirlas como iguales, como hermanas, lejos de esa idea del odio natural y rivalidad “genética” entre nosotras, me ha dado una paz que jamás pensé que podría sentir. Regalar halagos sinceros, sentirme feliz por los logros de otras mujeres sin sentirme amenazada, disfrutar la diferencia de cada mujer, respetándola por encima de mis convicciones y gustos, es liberador.

Y entender finalmente que la lucha no es por mí sino por todas, cambia completamente la perspectiva y modifica la escala de prioridades. Porque mientras haya una mujer oprimida, abusada, disminuida e irrespetada por el solo hecho de ser mujer, la lucha tiene que seguir. Pero no es necesario ir a marchas ni protestar frente al Congreso. Comenzar a cambiar uno mismo y su propio entorno es la lucha más poderosa de todas, porque no es necesaria una fecha especial y se hace todos los días. Señalar los comportamientos tóxicos y no quedarse callado frente a situaciones de injusticia es actuar. Despertar, entender el entorno y decidir qué hacer, es dónde comienza el verdadero impacto.

La marcha me mostró mi gente, esos que luchan conmigo. Supongo que como con todo lo bueno, ya no podré parar de asistir a ninguna. Y la verdad, eso espero. Tengo muchas ideas para carteles que quiero llevar a ellas.

 

 

 

 

 

Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

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Somos bullies

Somos bullies

Por Verónica Orozco A. @verozco 

¿Quién no ha hecho parte de esa turba iracunda virtual que destroza en segundos la vida de una persona? Alcen la mano aunque la verdad, no creo que sean muchos.

Todos los días hay un nuevo paria. Una persona que, a propósito o de pura bobada inocente, se convierte en la pera de boxeo de toda la red. Yo he estado en ambos lados. He sido el bully y he sido el bullied.

Impartimos justicia y moral detrás de nuestro teclado y dejamos salir nuestros pensamientos e impulsos más oscuros. Todo en contra de una persona, un ser humano que piensa y siente. Se nos olvida que la piedra se la estamos tirando a alguien y que esa frustración y rabia no es un grito al vacío, sino un golpe doloroso contra otra persona como yo.

El fin de semana pasado, la turba se encendió contra una periodista colombiana. En un desafortunado mensaje en Twitter (a mí parecer de pésimo gusto y sin ningún sentido), sentó una posición frente a la muerte accidental de un artista vallenato, cuyo padre, una leyenda del vallenato, fue condenado por homicidio preterintencional. En su posición se leía su reclamo a una sociedad que lloraba la muerte del hijo de un asesino y no a la víctima de éste. Hordas de fanáticos furiosos y gente del común llegaron con sus antorchas y rastrillos virtuales. El comentario le llegó al país entero al fondo del corazón. Y al parecer, nuestro corazón está bastante enfermo porque los insultos y las amenazas de muerte no se hicieron esperar. “Espero que un sicario te mate”, “Nunca he golpeado una mujer pero si te veo, te pateo” y tantos más que nos podríamos quedar solamente hablando de ello.

¿Usted se ha puesto a pensar, luego de lanzar una daga de esas, qué puede sentir quién la recibe? Yo hice ese ejercicio esta mañana y me dolió todo. Humanizar al otro es duro cuando llevas tanto tiempo haciendo lo contrario. Suena ridículo, ¿no? Pero se nos está olvidando. Nadie recuerda que esa persona que escribió esa burrada o tontería o grosería también sufre y le duele cuando se golpea. Y empiezo por mí, por haber sido incendiaria muchas veces. Nadie se ve a sí mismo como un bully pero no hay otra palabra para describir lo que hacemos en la red.

¿A cuántos linchamientos virtuales hemos asistido y participado? ¿Cuántos hemos empezado? ¿De cuántos hemos sido víctimas? ¿Cómo nos hemos sentido?

No nos basta con destrozar la autoestima del receptor de odio en cuestión, queremos es que se le dañe la vida. Entonces exigimos justicia con cosas como su cabeza a su empleador, como muestra del poder que tenemos como masa. Y comenzamos, sin querer queriendo, a dañar la vida de seres humanos que, sean buenos o malos, no nos corresponde desbaratar. Hoy estuve leyendo sobre una chica que en el 2013 publicó un tuit políticamente incorrecto, que al leerse de manera literal sonaba a racismo. Terrible idea y pésimo tuit. No solo la destrozaron en redes y la amenazaron de muerte, tampoco pudo hospedarse en ningún hotel en sus vacaciones porque los empleados anunciaban huelgas en caso de hacerlo, perdió su trabajo y no pudo volver a tener citas románticas. Su vida perfecta se destruyó en un segundo, por tratar de ser graciosa con un problema muy delicado. Pero el tema en este momento no es el límite entre el chiste y el racismo, es sentirnos “justicieros” cuando no somos más que bullies que no piensan en el poder de las palabras que lanzamos.

Las aguas se calmarán para Maria Antonia, seguro. Ella aprenderá de esto y entenderá que Twitter no es una conversación de sofá, donde probablemente su comentario no le daría más que malas miradas y de pronto, un debate sobre ello. Pero nadie la agarraría a puños y patadas por haberlo dicho, ni llamarían a su jefe a exigirle su cabeza, ni la amenazarían de muerte. La gente en internet olvida muy fácil y la sangre fresca es la más apetecida. Ya aparecerá, si es que ya no ha aparecido, un nuevo receptor de esa rabia y frustración colectiva, a quien lapidaremos sin piedad desde nuestro celular. Yo por mi parte me voy a quitar los guantes y voy a bajar las armas. Quiero creer que soy capaz de jugar redes sociales sin romperle la vida a otros.

Yo sí sé leer

Yo sí sé leer

Por Verónica Orozco A. @verozco

“Una mujer que se tome una o poquísimas selfies. Y que si lo hace, sea para mandarlas en privado”. Escándalo, polémica, aprendan a leer, brutas, feminazis.

Ayer Twitter se volvió una plaza de mercado con dos bandos claramente divididos: quienes leímos en este tuit una frase llena de machismo y quienes entendieron que no era más que el gusto personal de un tipo con una cuenta en Twitter.

Vivimos en una sociedad en la que tenemos normalizado este tipo de comportamientos, que disfrazan de preferencia un actuar detestable. Y sí, en el deseo de este señor de encontrar una mujer que si decide tomarse selfies, sea para mandárselas a él, hay machismo. A usted puede gustarle lo que le de la regalada gana pero pregúntese si en el fondo no es una cuestión de género. Hay mujeres que detestan las selfies pero porque ellas lo prefieren, no porque quieran agradarle a un tipo. Somos una sociedad putamente machista, en la que las mujeres no tenemos sexo casual porque sino somos putas, o queremos casarnos con cada tipo que salimos, o dejamos de maquillarnos o de ponernos faldas corticas si a la pareja de turno no le gusta tanto. Es normal, nos enseñan desde niñas a buscar marido y encajar en este mundo en el que podemos ser lo que nos de la gana pero no mucho.

Todo este tema es nuevo para mí. Crecí en una ciudad en donde el machismo, el clasismo, el racismo, la homofobia son parte de nuestra cultura. Y repetí hasta el cansancio cosas irracionales y sin sentido que fui aprendiendo mientras crecía. Traté de putas y feas a las mujeres, ridiculicé el feminismo, descalifiqué personas por su apellido o lugar de residencia, me avergoncé de no tener carro en mi casa y tener que montar en taxi, me fui de bares porque se estaban dañando con la “gente” que los estaba frecuentando, sufrí cada vez que tuve sexo casual por miedo a estar quedando como una perra y recibí cada fin de semana la cantaleta de mi mamá porque “a una mujer que tome tanto trago como usted, ningún hombre la va a tomar en serio”. Y es un trabajo que tengo que hacer todos los días porque yo también tengo unas vainas aprendidas e inconscientes, que nada tienen que ver con la persona que quiero ser hoy. Y me avergüenzo cuando me doy cuenta porque es algo más profundo y oscuro de lo que yo pensaba.

Uno está en todo su derecho a preferir la persona que le de la gana. Que le gusten altas, bajitas, monas, pelirojas, tetonas, sin culo, con piernas largas, dientes chiquitos y ojos achinados. Que le guste leer, que prefiera ver películas que rumbiar, lo que quiera. Pero pregúntese si esas condiciones que le está poniendo a la persona con la que quiere compartir su vida, no tienen que ver con su género. Porque si prefiere que no rumbee porque una mujer no debería estar por ahí bailando y tomando trago, es machismo. A mí me gustan los hombres barbados más que los que no lo son, pero si los prefiero porque los que no tienen barba son unos maricas (diciendo “maricas” de forma peyorativa), es machismo. Si no me gustan los tipos que hacen yoga porque eso no es pa machos, es machismo. Si no me gustan los hombres que leen poesía porque eso es pa mujercitas, es machismo.

“Una mujer que no se ponga escotes. Y que si lo hace, sea solo en la casa conmigo”. “Una mujer que no tome trago. Y que si recibe, es porque lo va a dar”. “Una mujer que no se exhiba en redes sociales porque después es imposible tomarla en serio”. Esas también son preferencias. Y también es machismo.

Usted es un muy buen tipo o al menos eso me pareció cada vez que hablamos personalmente. Disfruto sus columnas y siempre he apoyado y defendido su manera de ser, probablemente desconociendo muchas cosas que conozco y entiendo hoy. Su intención seguramente no fue alborotar un avispero, o sí porque esas cosas usted las disfruta. Yo lo seguiré leyendo y respetando y espero su columna en la que me va a tildar de bruta e histérica porque no sé leer, está en todo su derecho.

Escribir

Escribir

Por Verónica Orozco A. @verozco 

“Because so often when we say we’re unqualified for something,

what we’re really saying is that we’re too scared to try it,

not that we can’t do it.”

Jen Sincero

Me muero por escribir pero me da miedo. ¿A qué le temo? Creo que a no hacerlo bien. Pero siempre he escrito. Cuando niña, escribí varias cosas. Muy lindas, por cierto. Aún me acuerdo de una de ellas, que era una tarea del colegio. Un poema a la Virgen María que decía:

Es la reina de las flores

Y con lirios se adornó

Es María, madre mía

Es la rosa del Señor

Ella reina en las estrellas

Y hace brillar la luna

Que siempre alumbra mi cuna

Con su dulce resplandor

Todavía me asombro cuando lo leo. Una niña de 8 años escribiendo un poema tan bonito. Sin miedo de nada, sin preocupaciones. Ella se sentó y lo escribió, así, sencillito como suena. Pero esa niña creció y empezó el reinado del terror. Llegó el ego, relegó la niña y tomó posesión de todo, incluyendo escribir. Me alejé mucho de la escritura y aún no entiendo por qué. Me llené de temores y esos fueron tapando las ganas de muchas cosas. Y olvidé lo mucho que me gustaba, lo bien que lo hacía y me convencí de lo contrario. Me convencí de que no era capaz de escribir.

Así escogí una carrera en la que me tocaba escribir pero no crear, al menos no de la misma manera. Y lo hice muy bien. Terminé Derecho habiendo escrito muy buenos ensayos y comencé a ejercer como abogada y escribí alegatos, oposiciones, apelaciones, todos muy bien hechos pero algo no estaba bien. Sí, estaba escribiendo pero no de la manera que quería. ¿Y qué hice en lugar de buscar lo que quería? Seguí siendo abogada y escribiendo sobre lo que no me gustaba por muchos años. Enterrando profundamente un deseo que solo recordé que tenía hace poco tiempo. El miedo, como siempre, siendo el director de la orquesta con la batuta en la mano, dirigiendo mi vida como si nada.

Y es el miedo ahora el que regresa a decirme que no puedo hacerlo. Que mejor no escriba porque no tengo nada sobre qué escribir, porque no soy tan creativa ni tan talentosa como yo pienso y se le para encima a la creatividad y a las ganas para regresarnos, a él y a mí, a la zona de confort, donde el puto miedo vive feliz.

¿Pues sabés qué, miedo? Estás equivocado, sí tengo tema para escribir. Voy a escribir sobre vos y sobre lo infeliz que me hacés. Y te expongo y así te controlo porque estoy decidida a hacer lo que yo quiero, no lo que a vos te da la gana. Y te largás de aquí que ya no sos bienvenido ni necesario en esta vida. Además, tengo que sentarme a escribir.

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Image: nofilmschool.com

Por el derecho a rendirse

Por el derecho a rendirse

Por Verónica Orozco A. @Verozco 

Estaba navegando por mi TL de Facebook y me encontré una imagen que me sentó a escribir. Era un meme de una mujer caminando de la mano con su hija, en el que la pequeña le pregunta: “Mamá, ¿qué es rendirse?”, a lo que su madre responde: “No sé hija, nosotras somos mujeres”.

Y me quedé pensando entonces en esa tonelada de peso que le acaba de pasar esa madre a su hija sin darse cuenta. “Está prohibido rendirse porque somos mujeres”. Qué frase tan atrevida y tan equivocada. ¡Si rendirse es un derecho! Que no esté regulado en la Constitución no le quita su esencia de tal.

No todas las historias terminan como lo teníamos planeado. La vida está llena de variables imprevisibles, que cambian los planes establecidos y juegan con nuestros cronogramas. Si decido que mi matrimonio no es lo que quiero o que el trabajo que tengo no me hace feliz, ¿estoy obligada a remar infinito porque no me puedo rendir? ¿Quién es usted, madre de meme, para decirme que por ser mujer (algo que no escogí), no tengo derecho a parar cuando me de la gana? Y según esa lógica, ¿está bien entonces que los hombres se rindan pero no que lo hagan las mujeres?

Soy una convencida del poder femenino, de lo inmensas que somos las mujeres y de la necesidad de seguir alzando nuestra voz para lograr un mundo justo y equitativo para todos. Y eso incluye mi derecho a rendirme, a renunciar cuando no quiero seguir, a dejar atrás lo que ya no me interesa. Nos enseñan desde niños la importancia de luchar, de persistir, de continuar. Pero nadie nos dice que también tenemos derecho a decir “ya no más” cuando sintamos que es el momento, a escucharnos a nosotros mismos, a conocernos lo suficiente como para saber cuando queremos parar.

Rendirse es una oportunidad para volver a empezar, para reivindicarnos con nosotros mismos, para cambiar de camino. A la mierda las frases de superación personal que nos cargan en lugar de liberarnos. La vida viene sin manuales, por eso podemos vivirla como nos de la gana. Y eso incluye rendirse las veces que sea necesario.

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 Foto: strenghtandconditioningeducation.com

Lo que me dejaron los 34

Lo que me dejaron los 34

Por Verónica Orozco A @verozco

Estoy a puertas de empezar mi año número 35 y es inevitable hacer un balance del 34 que está a punto de acabar. Este fue el primer año en el que me he sentido un verdadero adulto. He comenzado a asumir la responsabilidad de cada cosa que hago en mi vida y ¡MIERDA, SE SIENTE TAN BIEN! Soy responsable de mi creatividad, de mi sexualidad, de mis emputes. Todo pasa porque yo lo permito o no lo permito. Algo como el año de YO.

Este año me sirvió para confirmar que la maternidad no es algo que estará en mi vida y ya hice las paces con ello. Ya no me da ese miedo pequeñito que a ratos aparecía a mis 33, en forma de vocecita bajita, susurrando que probablemente estaba cometiendo un error. Y si el instinto maternal es cierto, me siento feliz de haberlo domado. Nunca me había sentido tan tranquila al imaginar mi vejez al lado del amor de mi vida en nuestra calmada soledad.

Los 34 fueron un buen año. Aprendí que me encanta el pelo crespo y que puedo tenerlo así con un poquito de esfuerzo, champú adecuado, espuma para volumen y pinzas calientes. Que la celulitis está ahí, que se puede hacer algo para tener menos pero que si aparece, no tengo que odiarme por eso. Aprendí que el metabolismo cambia y que una hamburguesa a las 3 am se nota en las piernas al otro día, pero que no me voy a aguantar las ganas si me la quiero comer. Aprendí que el ejercicio no es tan horrible y que las endorfinas que deja no son un cuento chino.

Con 34 años descubrí que cocino delicioso y que tengo sazón de matrona paisa. Que cocinar para alguien es llenar de amor la receta y así se llena el estómago y el alma. Que mis lentejas son como para montar un restaurante y que ya no me da asco coger un quesito o picar un pollo crudo. Conocí las maravillas de comer vegetales y me reconcilié para siempre con la ensalada.

Y ni hablemos del sexo. ¡Qué delicioso es el sexo a los 34! Atrás quedaron los complejos, la pena y la preocupación por el disfrute del otro. Este año por fin entendí la responsabilidad sobre mis propios orgasmos. Dejar de forzar gemidos y placeres es una maravilla. Conocer el cuerpo propio y disfrutarlo sola, adueñarme de todo lo que me pasa a mí. Aunque este año no pudo quitarme la vergüenza de que mi mamá hubiera encontrado un vibrador. Espero que esa pena se la lleven los 35.

Entendí que la necesidad de aceptación es como una droga y que las redes sociales funcionan como dealers. Dejé de sufrir por insultos de desconocidos y por primera vez me reí de verdad con uno de ellos. Es muy gratificante sentir que le estás dando a las cosas la importancia que se merecen.

Sí, los 34 fueron un gran año. Viajé, descansé, tiré, encontré un trabajo de ensueño, empecé a ver a mis papás con ojos más compasivos y me di permiso de decir “NO” todas las veces que quise. Parece que al fin estoy llegando a la adultez y no está para nada mal. ¡Qué lleguen con toda estos 35 que si así fue el desayuno, no me imagino cómo será el almuerzo! ¡Tas tas tas!

Por Henao

Foto: Andrés Henao.