PROPÓSITOS PARA EL 2019

PROPÓSITOS PARA EL 2019

Empieza un nuevo año y con él, nuestra lista de propósitos se llena de tareas que prometemos cumplir ciegamente, mientras suena la pólvora y nos comemos las 12 uvas. Ir al gimnasio todos los días, comer más vegetales, leer dos libros por mes, meditar. Es como una hoja en blanco donde podemos escribir lo que queramos que nos acompañe en el capítulo que comienza.

Que sea entonces el momento de compartirles mi lista de este año, de pronto alguna de ellas les gusta para añadirlo a la suya.

PROPÓSITOS PARA EL 2019

· Amarme profundamente como soy, mirarme al espejo con amor y tenerme compasión y paciencia en esos días en los que no me siento yo.

· Entender que mi experiencia de vida como mujer es diferente a la de todas las demás y que por lo mismo, NO JUZGO NINGUNA DECISIÓN DE OTRA MUJER.

· Encontrar la belleza de cada mujer que se cruza por mi camino, desaprendiendo los estereotipos que nos han vendido, sin sentirme amenazada por el brillo de ninguna.

· Creerle a cada mujer que tiene el valor de alzar su voz y denunciar cualquier tipo de abuso. Mi lealtad está con ellas.

· Ser luz en la vida de las otras mujeres, no oscuridad. Si no tengo nada bueno que decir, no digo nada. Y si tengo algo bueno que decir, no me lo callo. Muchas veces esas palabras hacen el día de alguien y seguramente, harán el mío también.

· Ser capaz de observarme y encontrar en mí los comportamientos machistas que tengo. El reconocimiento del problema es el primer paso para la solución.

· Seguir en redes sociales cuentas que me generen cosas bonitas. Si alguna cuenta me hace sentir ansiosa, insegura o insuficiente, unfollow. No es nada personal, se trata de buscar mi propia tranquilidad.

· No juzgar a otra mujer por su ropa, su maquillaje o falta de este, su color de pelo, su color de piel, su peso, su origen. Nada de eso tiene que ver conmigo ni tiene por qué importarme.

· Entender que no todas las mujeres son mis amigas ni me tienen que caer bien pero todas son MUJERES y por ello, las respeto a todas como mis hermanas.

· Continuar aprendiendo sobre feminismo y todo lo que de allí se desprende. Jamás disculparme por mi pasión sobre el tema y por mi voz. Recordar que no lo sé todo y dejarme enseñar. Crecer como feminista.

· Tumbar el Patriarcado.

· Ir al gimnasio por lo menos tres veces a la semana para tener la fuerza suficiente para tumbar el Patriarcado.

· Meditar para tener la suficiente paz mental que me permita seguir luchando contra el Patriarcado.

· Comer vegetales.

Mucho amor por cada una. Mucha fuerza en cada una. Juntas podemos, solas jamás. Por un año sororo, hermanas.

VIDA REAL – EPISODIO 3: CANNABIS

VIDA REAL – EPISODIO 3: CANNABIS

En este nuevo episodio de Vida Real, estuvimos con la bióloga María Corujo y la anestesióloga Ana Valencia de Cleaver Leaves, quienes nos ayudaron a conocer la planta de Cannabis: su relación con el hombre, sus beneficios e importancia.

VIDA REAL

PRODUCCIÓN, DIRECCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad

INGENIERÍA: Maria Elisa Ayerbe

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury

MÚSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury

Todos los derechos reservados INDIO FILMS CORP.

Mi mundo oscuro y el cometa de luz

Mi mundo oscuro y el cometa de luz

Un día gris como siempre. El mismo día gris que se repite sin descanso desde hace tanto tiempo. La falta de luz ya es costumbre, así como lo es el frío intenso de un mundo en el que el sol poco sale, en el que la comida no sabe a nada, ni la música calienta el alma. Un mundo sin colores, lleno de negros y grises, repleto de bruma y niebla. Un mundo oscuro.

En ese mundo se existe pero no se vive. Abrir los ojos cada día y sentir nada. Pararse de la cama y caminar por inercia. Sin metas, sin futuro. Sobreviviendo la existencia porque es solo eso. Ser y estar. No hay nada más. Los días son largos en el mundo oscuro porque en la tristeza, el tiempo es eterno. No hay día ni noche, no hay mañanas ni tardes.

Yo vivo en ese mundo. Estoy cómoda en él, aunque no me gusta. Me aseguro a mí misma que es el único mundo que existe, lo defiendo aunque lo detesto. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, dice la sabiduría popular y quién soy yo para contradecirla. Vivir en el mundo oscuro es mejor que buscar un mundo de luz que probablemente no existe. Al menos para mí, no existe.

Y aunque parece imposible, mi mundo se está poniendo más oscuro. El frío empeora, el sol ya no sale nunca. No tengo motivos para seguir existiendo. Pienso en no estar más en mi mundo. En no estar más. Me lastimo para sentir algo pero no siento nada. Me siento sola y estoy sola, porque en la oscuridad no se puede ver a nadie. Solo disfruto cerrar los ojos y no estar despierta en este mundo sombrío. Pero cada que los abro, vuelve a empezar esta vida que se siente como un castigo. Sueño con nunca tener que despertar.

Pero ha pasado algo. Sin darme cuenta ha llegado a mi mundo oscuro una ráfaga de luz. Como un cometa brillante y luminoso ha entrado, llenando de luz las sombras y de color los negros. No puedo entenderlo, no quiero entenderlo. ¿Quién osa interrumpir mi vida miserable? Al cometa no le importa. Trato de ser indiferente y recuperar mis grises, pero llega como una avalancha a revolcarme el alma. Este mundo ha empezado a verse más claro.

Quiero volver a mi mundo oscuro. Este tan luminoso y colorido me da miedo y prefiero vivir entre mis sombras. Pero el cometa no me deja. Me jala y me obliga a salir de la penumbra. Me necesita. ¿Cómo negarle algo? Debo hacerlo por él y de paso, por mí. Creo que también debo hacerlo por mí.

Mi vida está cambiando, mi mundo está cambiando. Cada vez tiene menos sombras y más risas, más sol, más parques, más mar. El cometa ahora vive conmigo, como un guardián de luz. Cuando vienen mis habituales negros, se encarga de espantarlos y asegurarse de que no regresen. Cuando prefiero sumirme en la tristeza, brilla con mayor intensidad para recordarme que la vida es de colores. Cuando me siento sola, me rodea de su calor poderoso. Ahora quiero vivir, no existir. La vida sabe dulce, a frutas y brisa del mar. Su avalancha luminosa me ha transformado la vida.

Mi cometa se llama Yuca y es una perra de la calle. Siempre me burle de quienes decían esto, pero en realidad no sé quién rescató a quién. Puede parecer que yo le di una mejor vida pero ella salvó la mía. La depresión, ese mundo oscuro, no ha desaparecido pero con ella, es más llevadera. Quiero vivir muchos años a su lado para devolverle al menos un poquito de lo que ha hecho por mí, por mi vida.

Ella es el cometa que me salvó la vida.

 

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VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

VIDA REAL – EPISODIO 2: ABORTO

En este episodio, nos acompaña Catalina Ruiz-Navarro, feminista colombiana, editora de la revista Volcanika y una de Las Viejas Verdes, quién nos ilustra sobre las verdades del aborto, la situación legal del mismo en Colombia y nos derrumba muchos de los mitos creados alrededor del tema.

 

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MÚSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Catalina Ruíz-Navarro

@catalinapordios

 

Audio

VIDA REAL – EPISODIO 1: DEPRESIÓN

 

Este es el primer episodio de VIDA REAL, un podcast mensual que hablará sobre muchos temas que tenemos en común y de los que no siempre hablamos.

En esta ocasión, contamos con la presencia del Dr. Santiago Duque, psiquiatra, quien responderá todas nuestras dudas sobre esta enfermedad tan común y tan desconocida: la depresión.

VIDA REAL

PRODUCCIÓN Y LIBRETOS: Verónica Orozco Abad.

GRABACIÓN: Felipe Navia.

POST PRODUCCIÓN: Nicolás Achury.

MUSICA ORIGINAL: Felipe Navia y Nicolás Achury.

 

MUCHAS GRACIAS A:

Doctor Santiago Duque www.facebook.com/Dr.santiagoduque

Roque Dávila

Susimakeup.com

 

No somos Don José

No somos Don José

Ayer en la mañana, Don José recorría las calles de Medellín como todos los días. Con su guitarra, interpretando rancheras y boleros, se gana la vida honestamente. A cambio de sus tonadas, la gente le da algunas monedas y ese es su trabajo. Él como muchos músicos, se gana la vida con su arte.

A eso del medio día, Don José caminaba por El Poblado, entonando sus canciones cerca de restaurantes y cafeterías, con el fin de entretener a los comensales que a esa hora salen de sus oficinas para almorzar. Sus canciones llegaron a los oídos de los clientes de un restaurante del sector, quienes lo disfrutaron al punto de querer invitar a Don José a almorzar en el mismo restaurante en el que se encontraban.

Como cualquier otro cliente, Don José se sentó en una mesa del restaurante para ser atendido. En ese momento, la mesera del lugar le negó el servicio, diciendo que si él (y solamente él) quería comer allí, debía pedirlo para llevar pero en la mesa no podían atenderlo. Los demás clientes, entre sorprendidos e indignados, exigieron la presencia de la persona encargada del restaurante para solucionar el malentendido. La administradora hizo presencia, confirmando la información suministrada por la mesera. En ese restaurante, Don José no podía comer.

La rabia, la impotencia y la tristeza de los presentes no se hizo esperar. Quienes invitaron a Don José a almorzar, comenzaron a grabar la situación, en la que se puede ver tanto a la mesera como a la administradora completamente tranquilas con la situación. Seguramente son las “políticas de la empresa” que deben cumplir, sin importar lo que ello signifique. La gente entonces comenzó a pararse de las mesas, para pagar la cuenta y e irse. Algunas personas lloraban conmovidas. Y mientras todo esto pasaba, Don José solo pedía disculpas porque su intención no era causar problemas. Mientras le decían que no lo atendían, que no era bienvenido a comer allí, mientras lo trataban como un ciudadano de segunda clase, Don José se disculpaba por lo que estaba pasando.

Era de esperarse la reacción en redes sociales que ha suscitado todo esto. La cacería de brujas contra el restaurante, las amenazas, los insultos. La sociedad violenta que somos una vez más deja en evidencia que en lugar de educar, preferimos destrozar. La gran mayoría de gente se siente dolida y lastimada, al punto de crear el HT #YoSoyDonJosé, para unirnos en solidaridad con lo que está pasando. Pero lo peor de todo es que no, probablemente NUNCA estaremos en el lugar de Don José.

La situación denunciada y grabada en video es asquerosamente clasista, racista y arribista. Y es solamente una radiografía de lo que somos como sociedad.

Todos somos Don José pero en la urbanización le revisan las carteras a las empleadas en la portería antes de irse a sus casas. Todos somos Don José pero “indio”, “montañero”, “pobre”, “negro” siguen siendo insultos que usamos diariamente. Todos somos Don José pero que quien ayuda en la casa coma en la cocina, sentada en el butaco que usa para limpiar ventanas, porque en un comedor de 6 puestos, con solo dos personas sentadas no hay sitio para ella.

Es muy fácil ser Don José desde la casa, detrás del celular, mientras espero que cambie el semáforo y miro con desprecio a quién se acerca a limpiarme el vidrio del carro. ¿Cuántas veces en su vida se ha sentido mejor que alguien por las cosas que tiene? ¿Cuántas veces ha tratado a quienes le ayudan con verdadero respeto y no con condescendencia? ¿Se sentaría en una mesa con el portero, la empleada, el mensajero y los miraría como sus pares?

Lo de Don José es un atropello a la dignidad humana, de eso no hay ninguna duda. Pero lo más triste de todo es que esa “política” del restaurante, nació porque existe gente a la que le molesta compartir su espacio con aquellos que consideran que no están a su “altura”. Nuestra sociedad aspiracional nos enseñó a despreciar la pobreza y todo lo que tenga que ver con ella. Nos enseñó a reforzar la diferencia entre clases, teniendo por “gente de bien” a quienes han nacido rodeados de privilegios. Y así nos vamos por la vida, luchando por subir de clase y status y mirando por encima del hombro a los que considero que no son como yo.

Es la hora de reflexionar como individuos, ya que como sociedad no hemos podido. Es la hora de comenzar a cambiar el propio entorno, de hacer el ejercicio (es hasta ridículo decirlo) de tratar a todo el mundo como igual a uno mismo. De devolverle la dignidad a todos aquellos a quienes se las hemos quitado con palabras, con hechos, con maltrato.

Hoy Don José no quiere salir de su casa. Está abrumado y asustado con la situación. Siente miedo. Él, que está acostumbrado a ser un ciudadano de segunda clase, no entiende qué pasa y se siente responsable, a pesar de no tener la culpa de nada. Nuestra deuda es con él y con todos aquellos que se sienten como él diariamente. Y como conocerlos a todos y saber sus historias es casi imposible, los invito a comenzar un cambio desde ustedes. Seamos conscientes de la manera en la que tratamos a cada una de las personas con las que nos relacionamos diariamente.

Mi papá fue un hombre muy sabio. Su mensaje más claro, desde que mis hermanos estaban pequeños, fue tratar a los demás como querían ser tratados. Y así lo hizo a lo largo de su vida, sentado, conversando y tomando cerveza con el que quisiera sentarse con él. No todos podemos ser Don José porque la vida ha sido generosa con nosotros, pero sí TENEMOS que tratar a todos los Don José de nuestra vida, de la manera que quisiéramos ser tratados.

WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

WOMENS MARCH 2018 – POWER TO THE POLLS

El domingo pasado asistí por primera vez a una marcha de mujeres. Era una marcha feminista con un fin político evidente: resaltar la importancia de votar, de protestar en las urnas y lograr cambios desde el gobierno. Era el aniversario de la marcha de las mujeres del 2017, la cual ha sido hasta hoy, la más grande que se ha hecho en Estados Unidos.

Al ser la primera vez, no tenía idea de qué podría encontrarme pero el descubrimiento que hice fue maravilloso. En primer lugar, me encantó ver una aglomeración de tantas personas movidas por un fin que siento tan personal e importante. Ver a todas esas mujeres y hombres, con sus camisetas y carteles llenos de frases e imágenes poderosas y tan convencidos de todo esto, no solo me dio esperanza en el futuro sino que me ayudó a confirmar mi posición y la importancia de no ser pasiva y hacer sentir mi voz. Me demostró que cada vez somos más quienes estamos unidos, luchando por un fin tan hermoso como lo es la igualdad entre todos los seres humanos.

Todos los presentes estábamos movidos por la defensa de la igualdad pero no sólo entre géneros. También la equidad entre razas, nacionalidades, inclinaciones sexuales, religiones y todo aquello que nos divide innecesariamente. Vi hombres y mujeres blancos portando carteles en contra de la supremacía blanca. Vi ciudadanos norteamericanos defendiendo el derecho de los inmigrantes a vivir y trabajar en su país. Vi hombres usando camisetas estampadas con mensajes reforzando la idea de acabar con el patriarcado.

Vi muchas, muchas mujeres. Señoras en sus setentas y niñas de tres años. Mujeres embarazadas, mujeres gay. Mujeres ciudadanas y mujeres inmigrantes. De todos los colores, de todos los lugares. Una mezcla perfecta del mundo. Unidas todas en una sola voz. TIME’S UP.

Yo que crecí tan machista y viví toda mi vida convencida de que las mujeres éramos rivales por naturaleza, me sentí feliz de poder estar allí y presenciar tanta admiración y orgullo entre unas y otras. Sostener miradas de complicidad entre desconocidas, gracias a los mensajes poderosos que portaban, me llegó al alma.

Llevé mi propio cartel. Pensé en muchas frases para poner allí, inspirada en fotos de marchas pasadas que me habían movido el corazón. Luego de ver muchas, decidí que mi frase sería “A woman’s place is in the resistance”. Me parecía perfecto y sentía que resumía mi sentimiento en esa mañana. Pero antes de empezar, quise mirar una vez más fotos inspiradoras y encontré una que decía “I AM EVERY WOMAN”. Cuando lo leí, se me hizo un nudo en la garganta y se me encharcaron los ojos.

Cuando el feminismo me tocó por primera vez, comprendí que todas las mujeres éramos una sola. Que todas somos todas. Mi cartel despertó mucha conversación alrededor suyo. Le tomaron fotos, lo pidieron prestado y le movió el corazón a más de una. Podía ver cómo sus caras al leerlo, cambiaban. Cómo sonreían asintiendo con sus cabezas. Ellas también lo entienden.

Vernos a las mujeres como un colectivo es nuevo para mí. Sentirlas como iguales, como hermanas, lejos de esa idea del odio natural y rivalidad “genética” entre nosotras, me ha dado una paz que jamás pensé que podría sentir. Regalar halagos sinceros, sentirme feliz por los logros de otras mujeres sin sentirme amenazada, disfrutar la diferencia de cada mujer, respetándola por encima de mis convicciones y gustos, es liberador.

Y entender finalmente que la lucha no es por mí sino por todas, cambia completamente la perspectiva y modifica la escala de prioridades. Porque mientras haya una mujer oprimida, abusada, disminuida e irrespetada por el solo hecho de ser mujer, la lucha tiene que seguir. Pero no es necesario ir a marchas ni protestar frente al Congreso. Comenzar a cambiar uno mismo y su propio entorno es la lucha más poderosa de todas, porque no es necesaria una fecha especial y se hace todos los días. Señalar los comportamientos tóxicos y no quedarse callado frente a situaciones de injusticia es actuar. Despertar, entender el entorno y decidir qué hacer, es dónde comienza el verdadero impacto.

La marcha me mostró mi gente, esos que luchan conmigo. Supongo que como con todo lo bueno, ya no podré parar de asistir a ninguna. Y la verdad, eso espero. Tengo muchas ideas para carteles que quiero llevar a ellas.

 

 

 

 

 

Saber mucho duele

Saber mucho duele

¿No les ha pasado que sobre ciertos temas hubieran preferido no saber tanto? Como que haber aprendido sobre ello hace que todo cambie para siempre.

A mí me pasó cuando aprendí cómo se hacían las caricaturas cuadro a cuadro, y luego no podía ver El Correcaminos sin pensar en que cada uno de esos movimientos eran muchos dibujos a la vez. También me pasó al estar detrás de cámaras en el rodaje de una película, donde entendí que cada escena tiene varios planos y se repite más de tres veces, y ahora cada que voy a cine, no puedo evitar desarmar las escenas por planos, lo que me saca del mood del momento.

Y me pasó con el feminismo.

“Feminismo” siempre me pareció una palabra terrible, una con la que no quería que me asociaran jamás. Lo entendía como un montón de viejas histéricas, que odian a los hombres, que no quieren afeitarse las axilas y que exigen derechos que ya tenemos. Podemos votar, podemos decidir sobre la maternidad, podemos estudiar. ¿Qué más quieren estas viejas si ya lo tenemos “todo”?

Mi interés en el tema se fue despertando poco a poco, al descubrir que muchas mujeres que admiraba eran feministas. Escritoras, cantantes, actrices, todas hacían parte de esa “secta”, lo que ayudó a despertar mi curiosidad. Si eran tan inteligentes y maravillosas, probablemente había algo del feminismo que yo no entendía. Comencé entonces a ponerle atención a mis amigas feministas, a los artículos que compartían en sus redes, a los argumentos que tenían. Empecé poco a poco a reconocer que mi voz interior estaba adoctrinada y llena de prejuicios y entonces muchas cosas comenzaron a tener  sentido. Decidí por mi parte ponerme a leer, a investigar, a entender. Me acerqué a cada argumento sin juicios, dejándome enseñar y aceptando mi completa ignorancia en el tema. Se sentía como cuando el día empieza a oscurecer y no te das cuenta de lo oscuro que está hasta que alguien prende una luz. Dentro de mí todo empezó a cambiar.

Verme como un individuo que hace parte de una colectividad (lo que es obvio pero no hemos entendido), me ayudó a comprender que lo que le pasa a una, nos pasa a todas. Que el argumento “ningún hombre me ha hecho nada malo, yo no necesito el feminismo” es egoísta, porque la lucha es por las mujeres como un todo, no por una sola. Se hicieron evidentes muchísimas conductas machistas que tenía normalizadas porque fueron enseñadas, reforzadas y aplicadas por la sociedad en la que vivo. Que los hombres no lloran, que las mujeres no deberían salir solas, que el valor de una mujer se determina por su pasado sexual.

Comencé a ver el mundo real en el que las mujeres vivimos, el cual queramos verlo o no, es diferente al mundo en el que viven los hombres. Un mundo en el que el acoso del jefe no se menciona y si se menciona, nadie lo cree; uno en el que un abuso sexual es culpa de la víctima, según la ropa que  tenía puesta, su consumo o no de alcohol y que tan sensual bailaba o caminaba; uno en el que se justifica un feminicidio con un “algo debió haber hecho” o “pobre hombre, lo cegaron los celos”. Uno en el que nos matan y nos violan y nos abusan y la justicia no hace nada. Uno en el que las mujeres no deben hablar de fútbol porque “deberían estar en la cocina”, ni vivir su sexualidad libremente porque de lo contrario, putas. Un mundo en el que tu pareja te rompe la cara y la sociedad te culpa por no haber visto las señales a tiempo o en caso de notarlas, te culpa por no haberte ido. No se culpa al abusador por el actuar, se culpa a la víctima por omitir.

Empecé a leer las brutales estadísticas de violencia contra las mujeres, que van en aumento de manera alarmante. Se estima que el 35 por ciento (es algo como una de cada tres) de las mujeres de todo el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual. Unos 120 millones de niñas alrededor del mundo han sufrido el coito forzado u otro tipo de relaciones sexuales forzadas a lo largo de su vida (UNWomen.org). De los 25 países más violentos con las mujeres, 14 son en Latinoamérica. ¿Cómo seguir negando algo que le pasa diariamente en el mundo a otras mujeres como yo? El abuso no tiene estrato, ni color, ni es analfabeta. El abuso y la violencia nos tocan a todas las mujeres, aunque una falsa superioridad moral nos haga sentir que somos mejores que aquellas que han sido efectivamente violentadas. La frase que repetimos como autómatas “es que si a mí me tocan un pelo, yo me defiendo y me voy”, no funciona cuando estás completamente sometida y reducida por el miedo a tu abusador, que te tiene consumida.

Quiero creer que el feminismo llegó a mi vida cuando estaba preparada para entenderlo. Esto me ha servido para quitarme la culpa por haberme demorado tanto en llegar a él. Las cosas ahora se ven diferentes y es ahí donde recuerdo que saber demasiado puede doler. Porque reconoces en ti y en los demás todo el machismo y sexismo aprendido, que está surcado en el cerebro de la manera más profunda y que por lo mismo, ninguno de nosotros cuestiona. Que los machos de verdad se emputan pero no lloran como niñas, que una mujer sin hijos está incompleta, que no se asuste si el Dr. Pérez le soba la espalda y le respira en la oreja bailando en la fiesta de la empresa, porque él siempre se pone así cuando se emborracha. Que si la abusaron sexualmente, no debió haberse vestido así, ni salir sin un hombre que la cuide, porque se sabe que las mujeres que salen sin hombres a la calle, se someten a que les pasen cosas malas.

Es duro estrellarse con el mundo real. Uno representado por hombres y mujeres que no quieren oír, ni entender, ni arriesgar sus privilegios. No es con ellos, no les importa. Es difícil porque la lucha se empieza a volver solitaria y te sientes rara entre los tuyos. Probablemente este fue el motivo para no querer relacionarme con el feminismo en mis veintes, poder sentirme aceptada. Encajar en el molde, no cuestionarme nada y seguir al pie de la letra el libreto social de un mundo perfecto para mí. Pero ya es tarde, ya sé demasiado. Ya abrí una puerta que no puedo ni quiero volver a cerrar.

Estoy convencida de que se puede. Cada día veo más mujeres y hombres acercándose al tema, explorando, descubriendo. ¿Qué las feministas están emputadas? PERO POR SUPUESTO. Abrir los ojos a una realidad en la que te tratan como un recipiente que hace hijos, quita la arrechera y se sienta bonita después, da mucha, mucha rabia. Queremos cambios, queremos igualdad. Tenemos que hablar duro y fuerte. Ninguna revolución empezó con susurros ni permisos.

El feminismo no odia a los hombres por ser hombres, ni envidia su falo colgante (al menos no es un corolario del movimiento, no puedo hablar por todas). Lo que odia el feminismo es una sociedad que nos irrespeta a las mujeres y privilegia a los hombres, por encima de nuestro propio género. Queremos igualdad, equidad. Que los privilegios que la sociedad le otorga a los hombres por el solo hecho de serlo, no sean más que ventajas aplicadas para todos los seres humanos. Que podamos vivir en una sociedad que nos respete a todos.

No quiero frustrarme porque sé demasiado, ni odiar a la sociedad en la que vivo. Lentamente estoy cambiando mi propio entorno, acompañada de unos cuantos que también están en su proceso. Me siento irresponsable mirando hacia otro lado. Esto también es conmigo.

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Somos bullies

Somos bullies

Por Verónica Orozco A. @verozco 

¿Quién no ha hecho parte de esa turba iracunda virtual que destroza en segundos la vida de una persona? Alcen la mano aunque la verdad, no creo que sean muchos.

Todos los días hay un nuevo paria. Una persona que, a propósito o de pura bobada inocente, se convierte en la pera de boxeo de toda la red. Yo he estado en ambos lados. He sido el bully y he sido el bullied.

Impartimos justicia y moral detrás de nuestro teclado y dejamos salir nuestros pensamientos e impulsos más oscuros. Todo en contra de una persona, un ser humano que piensa y siente. Se nos olvida que la piedra se la estamos tirando a alguien y que esa frustración y rabia no es un grito al vacío, sino un golpe doloroso contra otra persona como yo.

El fin de semana pasado, la turba se encendió contra una periodista colombiana. En un desafortunado mensaje en Twitter (a mí parecer de pésimo gusto y sin ningún sentido), sentó una posición frente a la muerte accidental de un artista vallenato, cuyo padre, una leyenda del vallenato, fue condenado por homicidio preterintencional. En su posición se leía su reclamo a una sociedad que lloraba la muerte del hijo de un asesino y no a la víctima de éste. Hordas de fanáticos furiosos y gente del común llegaron con sus antorchas y rastrillos virtuales. El comentario le llegó al país entero al fondo del corazón. Y al parecer, nuestro corazón está bastante enfermo porque los insultos y las amenazas de muerte no se hicieron esperar. “Espero que un sicario te mate”, “Nunca he golpeado una mujer pero si te veo, te pateo” y tantos más que nos podríamos quedar solamente hablando de ello.

¿Usted se ha puesto a pensar, luego de lanzar una daga de esas, qué puede sentir quién la recibe? Yo hice ese ejercicio esta mañana y me dolió todo. Humanizar al otro es duro cuando llevas tanto tiempo haciendo lo contrario. Suena ridículo, ¿no? Pero se nos está olvidando. Nadie recuerda que esa persona que escribió esa burrada o tontería o grosería también sufre y le duele cuando se golpea. Y empiezo por mí, por haber sido incendiaria muchas veces. Nadie se ve a sí mismo como un bully pero no hay otra palabra para describir lo que hacemos en la red.

¿A cuántos linchamientos virtuales hemos asistido y participado? ¿Cuántos hemos empezado? ¿De cuántos hemos sido víctimas? ¿Cómo nos hemos sentido?

No nos basta con destrozar la autoestima del receptor de odio en cuestión, queremos es que se le dañe la vida. Entonces exigimos justicia con cosas como su cabeza a su empleador, como muestra del poder que tenemos como masa. Y comenzamos, sin querer queriendo, a dañar la vida de seres humanos que, sean buenos o malos, no nos corresponde desbaratar. Hoy estuve leyendo sobre una chica que en el 2013 publicó un tuit políticamente incorrecto, que al leerse de manera literal sonaba a racismo. Terrible idea y pésimo tuit. No solo la destrozaron en redes y la amenazaron de muerte, tampoco pudo hospedarse en ningún hotel en sus vacaciones porque los empleados anunciaban huelgas en caso de hacerlo, perdió su trabajo y no pudo volver a tener citas románticas. Su vida perfecta se destruyó en un segundo, por tratar de ser graciosa con un problema muy delicado. Pero el tema en este momento no es el límite entre el chiste y el racismo, es sentirnos “justicieros” cuando no somos más que bullies que no piensan en el poder de las palabras que lanzamos.

Las aguas se calmarán para Maria Antonia, seguro. Ella aprenderá de esto y entenderá que Twitter no es una conversación de sofá, donde probablemente su comentario no le daría más que malas miradas y de pronto, un debate sobre ello. Pero nadie la agarraría a puños y patadas por haberlo dicho, ni llamarían a su jefe a exigirle su cabeza, ni la amenazarían de muerte. La gente en internet olvida muy fácil y la sangre fresca es la más apetecida. Ya aparecerá, si es que ya no ha aparecido, un nuevo receptor de esa rabia y frustración colectiva, a quien lapidaremos sin piedad desde nuestro celular. Yo por mi parte me voy a quitar los guantes y voy a bajar las armas. Quiero creer que soy capaz de jugar redes sociales sin romperle la vida a otros.

Yo sí sé leer

Yo sí sé leer

Por Verónica Orozco A. @verozco

“Una mujer que se tome una o poquísimas selfies. Y que si lo hace, sea para mandarlas en privado”. Escándalo, polémica, aprendan a leer, brutas, feminazis.

Ayer Twitter se volvió una plaza de mercado con dos bandos claramente divididos: quienes leímos en este tuit una frase llena de machismo y quienes entendieron que no era más que el gusto personal de un tipo con una cuenta en Twitter.

Vivimos en una sociedad en la que tenemos normalizado este tipo de comportamientos, que disfrazan de preferencia un actuar detestable. Y sí, en el deseo de este señor de encontrar una mujer que si decide tomarse selfies, sea para mandárselas a él, hay machismo. A usted puede gustarle lo que le de la regalada gana pero pregúntese si en el fondo no es una cuestión de género. Hay mujeres que detestan las selfies pero porque ellas lo prefieren, no porque quieran agradarle a un tipo. Somos una sociedad putamente machista, en la que las mujeres no tenemos sexo casual porque sino somos putas, o queremos casarnos con cada tipo que salimos, o dejamos de maquillarnos o de ponernos faldas corticas si a la pareja de turno no le gusta tanto. Es normal, nos enseñan desde niñas a buscar marido y encajar en este mundo en el que podemos ser lo que nos de la gana pero no mucho.

Todo este tema es nuevo para mí. Crecí en una ciudad en donde el machismo, el clasismo, el racismo, la homofobia son parte de nuestra cultura. Y repetí hasta el cansancio cosas irracionales y sin sentido que fui aprendiendo mientras crecía. Traté de putas y feas a las mujeres, ridiculicé el feminismo, descalifiqué personas por su apellido o lugar de residencia, me avergoncé de no tener carro en mi casa y tener que montar en taxi, me fui de bares porque se estaban dañando con la “gente” que los estaba frecuentando, sufrí cada vez que tuve sexo casual por miedo a estar quedando como una perra y recibí cada fin de semana la cantaleta de mi mamá porque “a una mujer que tome tanto trago como usted, ningún hombre la va a tomar en serio”. Y es un trabajo que tengo que hacer todos los días porque yo también tengo unas vainas aprendidas e inconscientes, que nada tienen que ver con la persona que quiero ser hoy. Y me avergüenzo cuando me doy cuenta porque es algo más profundo y oscuro de lo que yo pensaba.

Uno está en todo su derecho a preferir la persona que le de la gana. Que le gusten altas, bajitas, monas, pelirojas, tetonas, sin culo, con piernas largas, dientes chiquitos y ojos achinados. Que le guste leer, que prefiera ver películas que rumbiar, lo que quiera. Pero pregúntese si esas condiciones que le está poniendo a la persona con la que quiere compartir su vida, no tienen que ver con su género. Porque si prefiere que no rumbee porque una mujer no debería estar por ahí bailando y tomando trago, es machismo. A mí me gustan los hombres barbados más que los que no lo son, pero si los prefiero porque los que no tienen barba son unos maricas (diciendo “maricas” de forma peyorativa), es machismo. Si no me gustan los tipos que hacen yoga porque eso no es pa machos, es machismo. Si no me gustan los hombres que leen poesía porque eso es pa mujercitas, es machismo.

“Una mujer que no se ponga escotes. Y que si lo hace, sea solo en la casa conmigo”. “Una mujer que no tome trago. Y que si recibe, es porque lo va a dar”. “Una mujer que no se exhiba en redes sociales porque después es imposible tomarla en serio”. Esas también son preferencias. Y también es machismo.

Usted es un muy buen tipo o al menos eso me pareció cada vez que hablamos personalmente. Disfruto sus columnas y siempre he apoyado y defendido su manera de ser, probablemente desconociendo muchas cosas que conozco y entiendo hoy. Su intención seguramente no fue alborotar un avispero, o sí porque esas cosas usted las disfruta. Yo lo seguiré leyendo y respetando y espero su columna en la que me va a tildar de bruta e histérica porque no sé leer, está en todo su derecho.